Caminos, veredas y atajos

R2 Mora

La inmediatez es el signo de los tiempos. Todo rápido, veloz, al instante. Amor a primera vista, aceptación en redes sociales ahora, medicamentos que quiten en minutos un resfriado, un dolor de cabeza, un malestar estomacal.  Nada puede esperar, ponerse a pensar las cosas es visto como algo innecesario, algo hasta de locos. La impaciencia se naturaliza como dogma. El acéptame como soy es imperativo, no hay tiempo para conocerse, no hay tiempo para las preguntas, para la historia de vida, todo se reduce a la prisa, a lo inmediato, al placer instantáneo, que es lo único valioso. El hedonismo se ancló en un individualismo que no quiere necesitar a nadie. No es un asunto de amarse a sí mismo, sino de amarse sólo a sí mismo.

Se busca la comodidad como casi una única aspiración de vida. Se propicia estar en el trabajo, con la pareja, con los hijos de manera que se cree el menor compromiso y evitar todo lo que implique hacer un esfuerzo y crear vínculos. No se quiere mantener y profundizar en los lazos afectivos. Hay miedo a estar humanamente con “otro”. Hay confusión entre las emociones y los sentimientos, enredos que conducen al conflicto, al hostigamiento, a la violencia, a la falta de palabras, la ausencia de argumentos y de proyectos de vida. Nadie quiere “quedarse en visto” en WhatsApp, todos quieren respuestas vertiginosas, pero, lo que hay son contestaciones reactivas, poco pensadas, poco procesadas emocionalmente. La vida cotidiana promueve lo desechable y busca a su vez la mayor ganancia o beneficio posible de las cosas y de las personas. Ahí está el triunfo de la sociedad capitalista, todo se quiere traducir en utilidad.

Como nunca pensar las cosas, pensar la vida es urgente. “No. No aceptes lo habitual como cosa natural. Porque en tiempos de desorden, de confusión organizada, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural. Nada debe parecer imposible de cambiar.” Escribió Bertolt Brecht. En estos tiempos de caos, entre pandemia y orden social, entre muerte y vida, entre dolor y esperanza, entre ruido y silencio, tenemos que apostar por crear y recorrer caminos nuevos, por buscar e intuir veredas inéditas, que con paso firme las transformemos en rutas nuevas, –en utopías– pero evitando lo más posible el ir por los atajos. La prisa es hoy la madre de los vicios.

Necesitamos pensar y sentir las cosas, necesitamos reflexión y emoción, necesitamos amor y acción. Precisamos ser personas con otros, en comunidad. Requerimos fortalecer a la persona humana en todas sus dimensiones. Se trata de que nos comprometamos con la realidad en la que vivimos. Eso implica dar pausa a la vida acelerada que llevamos, dejar de correr todo el tiempo y dar paso a la posibilidad para a mirarnos a los ojos, a vernos en los otros y aceptar que la realidad se puede transformar. Necesitamos volver a creer en que se pueden recorrer caminos y veredas para descubrir nuevos parajes, otras respuestas y múltiples posibilidades, en donde los seres humanos podamos ir construyendo escenarios que den más vida y nos hagan mejores personas.

La pandemia esta sacando lo peor de nosotros. La obsolescencia programada de las cosas se vive con ansiedad. Deseamos, dice Byung-Chul Han, que las cosas envejezcan rápido. Esa prisa por deshacernos de lo creemos que ya no sirve, nos pone en la idea –por demás triste– de que nuestros viejos ya se vayan y rápido. De ahí la temeridad de salir a la calle y no cuidar medidas sanitarias para mitigar el impacto del Covid19. De ahí que se propicien los contagios en personas vulnerables, en una lógica por demás trágica y poco humana de retirar de la sociedad a los “defectuosos”. La muerte, que se dice que no se desea a nadie, se propaga con la indiferencia y con la falta de conciencia por el otro, por lo otros. La fraternidad y la sororidad siguen siendo los dos elementos que nos faltan desarrollar en largo camino de lograr la dignidad humana, sin reservas y sin prejuicios.

La pandemia ha paralizado a la sociedad y a la economía. La incertidumbre se ha hecho miedo y se está viviendo desde el temor. Pero la incertidumbre también es camino, es desafío y es audacia por enfrentar lo nuevo, lo incierto. Nuestras certezas y la manera en que desde el poder se han naturalizado el estado de cosas, como es la pobreza, la desigualdad, la exclusión, el racismo, el machismo, la intolerancia a lo diferente, requieren ser cambiadas. “El capitalismo no se puede explicar sólo con la codicia,” afirma Byung-Chul Han. “Actualmente la pulsión de muerte también está en acto. Tal vez nosotros somos quienes estamos empujando hacia nuestro fin.” De ahí que necesitamos pensar juntos, –todas y todos–, y formular nuevas preguntas y obtener nuevas respuestas. Situación nada fácil en una sociedad que sólo quiere que se piense de una manera homogénea y desde una lógica que busca evitar el cambio social.

Al capitalismo no le gusta el silencio, dice Byung- Chul Han. No le gusta porque nos ponemos a pensar cuándo hay silencio, y de ahí, podemos empezar a preguntarnos y a voltear hacia el interior de uno mismo y levantar la mirada hacia afuera y con ello poder ver y vernos, y tal vez comencemos a reconocer en dónde estamos y quiénes somos y cuestionar la vida que tenemos y tomar de alguna manera una conciencia personal y social.

Habrá que ir apagando el radio, la televisión, el celular, por ratos largos, por horas o por días para permitir que la ideas y las emociones lleguen a la mente y al cuerpo, que la vida se sienta desde el interior y desde el exterior, que la podamos percibir y nos animemos empezar a caminar para cambiar el mundo que nos han impuesto. Podemos empezar por trazar y recorrer veredas, paso a paso, pero eso sí, junto con otros, con todos y como escribió León Felipe:

“Voy con riendas tensas y

refrenando el vuelo

                                   Porque no es lo que importa llegar solo ni pronto

                                   Sino con todos y a tiempo.”

***

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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