Ausencia de caricias

#yoconfieso

Tengo más de ciento ochenta días en cuarentena, y se desvanece ante mí la realidad. Nunca se me ha dado bien, bien, eso de pertenecer a lo real. Soy soñadora. Idealista. Una incansable guerrera. Mi imaginación no tiene límites y en mi mente habitan mil y un personajes. Me pierdo frecuentemente en la fantasía y lleno hojas en blanco como loca poseída días y noches. Pero, con todo y mis más de cuarenta años como vagabunda del mundo, sigo sin entender nada, dudo de todo y me ahogo con mi sed de conocimiento. Sin embargo, jamás imaginé vivir una pandemia mundial y, mucho menos, en la era digital, casi virtual, caracterizada por la desinformación y la manipulación masiva gracias a los discursos de odio en redes sociales y medios de comunicación.

Lo humano se puso a prueba una vez más. Y aunque nuestra memoria fallida nos aleja de no cometer los mismos errores una y otra vez, esta es la última llamada. No creo que la vida nos dé más oportunidades, pero nadie sabe nada nunca de la vida. Esta situación tan inefable, en la que vivimos desde hace meses, requiere de acciones muy puntuales para revertirla y que de una buena vez paremos el lento proceso de extinción en el cual estamos sumergidos desde hace unas décadas. Temo que son pocos los que entienden que el planeta se puede regenerar, pero, si continuamos con la indiferencia que existe ante lo verdaderamente importante, lo hará sin nosotros.

Estos días en encierro me han demostrado que las crisis o te forjan el carácter o te lo destruyen. No hay medias tintas. Es fundamental la capacidad de adaptación para sobrevivir y sólo aquellos que pueden enfrentar situaciones extremas y desconocidas, resistir y salir ilesos, han entendido el significado de la vida.

Esta cuarentena ha revelado nuestra vulnerabilidad y lo efímera que es nuestra existencia. Ahora sé que tengo una relación muy íntima con la muerte. Y no es una maldición. Es un talento natural. Un perpetuo amorío que provoca que viva en el aquí y el ahora. La única manera cuerda de vivir. El pasado no nos define. No debe ser un lastre. El único valor que tiene el pasado es cuando lo conviertes en aprendizaje. Sólo así se llega a la sabiduría. Todo es a base de ensayo-error y como nadie se salva de equivocarse, lo valioso es aplicar el aprendizaje para nuestro crecimiento y evolución. El presente simplemente es y de manera casi inmediata, se viste de pasado. Y el futuro es ese sitio tan anhelado que alberga sueños y deseos y a donde todos queremos llegar muy felices.

En lo personal, esta pandemia me dejó una gran enseñanza: la importancia del contacto físico. La necesidad de sentir el calor de otro cuerpo. El consuelo que se encuentra en un abrazo y lo terrible que puede ser no tocarnos.

Durante muchos años he rechazado el contacto físico. Me causa cierta aversión y lo evito a toda costa. No soy cariñosa. Con nadie. Me siento invadida y amenazada si me tocan. No soy una mujer muy sexual y mis amantes aprendieron a esperar a que fuera yo quien iniciara el momento íntimo.

Pero hace más de seis meses que nadie me toca. Ni siquiera recibí un abrazo en mi cumpleaños. Y sé que cuando por fin me pierda en los brazos de alguien más, me quebraré y soltaré todo ese cúmulo de emociones que contengo ya en el cuerpo, y no dudo que se transformarán en un río de lágrimas.

Nunca antes había extrañado algo tan sencillo como que me tomen de la mano y con ternura me digan que todo va a estar bien. Quisiera sentir un beso, embriagarme con el olor de un hombre. Tener una noche pasional y explotar de deseo, una, dos, tres veces…

No es el impulso primario que casi todos sienten y hace unos días una neurocientífica me explicó que la libido aumenta en situaciones de encierro, como un escape del estrés que se genera, pero yo no tengo libido producto de un ataque de violencia sexual a mis diecinueve años. No extraño el acto carnal como tal que satisface una necesidad básica. Lo que me hace falta son esas sensaciones tan particulares que se originan cuando eres tocado con amor y comprendes que la otra persona te dice todo con un beso. Extraño la protección y tranquilidad que te da el abrazo de alguien que te quiere. Quisiera sentir el latido de otro corazón cerca de mi pecho, para después echarme a su lado y escuchar su respiración hasta quedarme dormida. Lo que necesito es cercanía, que alguien me toque.

Tras esta pandemia es probable que me deshaga de esa frialdad. Ya no quiero ser huraña y cuando pueda salir al mundo otra vez, repartiré abrazos sin reparo alguno. A mis padres y hermana, todos mis amigos y confidentes, mis sobrinos, mis mecenas. No dudo que sea una sorpresa para ellos verme brincar de brazos a brazos y tengo que recuperar el tiempo perdido. Hasta que me vi imposibilitada de tener contacto físico, comprendí la relevancia de las demostraciones físicas de amor y por qué le duele tanto a mi alma la ausencia de caricias.

Hemos sufrido pérdidas importantes en estos meses. Todo tipo de pérdidas. Y nunca antes había sido tan importante la salud mental. Después de esta pandemia, será necesaria una cruzada por la salud mental. Vivir en la aldea global provoca ansiedad y depresión a cualquiera, pero el daño a nuestra mente después de sobrevivir un virus que le arrebató la vida a cientos de miles, no debe ignorarse y ojalá entendamos que la salud mental es igual de importante que la física, y quien no goza de ella puede ser un miserable consigo, el otro y todo lo que le rodea.

Nadie estaba preparado para esta pandemia, y no fue porque estuviéramos viviendo en el aquí y ahora de forma desenfadada, contemplando la hermosura y fragilidad de la vida. Fue por la inconciencia, la ignorancia, el prejuicio y la polarización que sufrimos como sociedad. Una sociedad consumista y de desecho, que mide el valor de todo en dinero. Gente dividida por ideales absurdos que rayan en fanatismo, inmersa en un concurso de popularidad en redes sociales que exacerba el ego y acentúa el narcisismo.

Duele ser testigo de la inhumanidad que nos azota. La falta de valores fue nuestra perdición. Cuando dejó de importarnos el otro. Frente a un escenario apocalíptico, se agudiza la ley del más fuerte. Se nos ha olvidado la hermandad. Los niveles de violencia son atroces y crueles. Hay tantos frentes que luchar y un virus nos demostró que la naturaleza no sabe de género, razas, edades ni ideologías. Cualquiera puede contagiarse y no saber con certeza cómo fue el contagio. El escenario es triste. Desolador. Muchos viven con miedo. La saturación de noticias falsas sólo propicia paranoia. Todos estamos fuera de nosotros mismos.

Pero pasará. En algún momento. A todo veneno le corresponde un antídoto.

No pierdo la esperanza de que por fin abramos los ojos y asumamos que el amor es lo único que podrá salvarnos de nosotros mismos. El amor propio, por el otro y por el planeta. Un amor basado en respeto. Quiero creer que está cerca el día en el que podremos vivir en armonía aceptando que todos somos diferentes y es lo que nos hace únicos. Confío que podremos liberarnos del egoísmo y el individualismo que nos distingue y tendremos el valor de volver a mirarnos y reconocernos como personas que necesitan de los demás. Ojalá dejemos de creer en discursos impuestos sobre el éxito y la felicidad, que paremos esa velocidad con la cual vivimos, una velocidad tan alta que nos lleva al punto de quiebre una y otra vez en esa maldita carrera para alcanzar el éxito y la felicidad, pero que en realidad nos dirige a una pérdida de identidad, a la entropía, decadencia y eventual muerte. Nadie sale vivo de aquí, pero el camino que nos lleve a la muerte, es enteramente decisión de cada uno. Cada quien escribe su propia historia, pero al mismo tiempo nadie escapa de su destino.

Es posible que cuando se contenga esta crisis de salud, muchos ni siquiera valorarán el haber sobrevivido. Así es el ser humano. Olvida. Todo lo toma por seguro y no piensa que cada día puede ser el último. Nunca sabemos cuándo será nuestro turno para encontrarnos con la flaca.

Estos más de ciento ochenta días en cuarentena, han estado cargados de momentos reflexivos, a pesar de que casi todo mi tiempo se lo roban las labores de limpieza y el cuidado de mis padres, pero más que nunca cargo con orgullo mis estandartes de vida: el amor, la solidaridad y la libertad. Cuando recuperemos la capacidad que tenemos de ser solidarios y de amarnos libremente unos a los otros, es probable que logremos hacer de este mundo un lugar más amable, incluyente y justo para todos.

Que sea la paciencia lo que más nos acompañe durante esta pandemia, que resistamos a través del amor, la fe y el arte, como me dijo un gran amigo, y ojalá que no volvamos a ser los mismos después de esta crisis de salud, de lo contrario, no cabrá duda de que la historia tiende a repetirse.

***

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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