La exploración del deseo femenino como juego

Una aventura de nuestra #reinamaeve

El placer femenino se ha vuelto un tema central dentro del feminismo. Nos hemos dado cuenta que las mujeres crecemos en una cultura que nos empuja a desconectar el placer de nuestros cuerpos y deseos. Es como si existiera el imperativo cultural de volvernos el vehículo que cumple los deseos de otros (generalmente el masculino), borrando nuestra propia búsqueda de placer en aras de la satisfacción de los otros; condicionando la culpa, la vergüenza y el miedo si se intenta desobedecer este mandato.

Mujeres, ¿qué podemos hacer para subvertir este precepto cultural? Primeramente, iniciar el camino del autoconocimiento. Conocer nuestro cuerpo, sentipensar nuestras experiencias sensoriales, identificar lo que nos gusta y disgusta, reconocer nuestros límites y explorar nuestros deseos. Mucho de este ejercicio puede hacerse en el ámbito individual y privado. Es posible leer infinidad de libros que analizan el placer femenino, tomar talleres, aprender y practicar la masturbación, formar grupos con otras mujeres y comenzar a conversar sobre nuestras experiencias sexuales. Todo esto definitivamente ayuda y sin duda puede considerarse el punto de partida para un desarrollo pleno de nuestra sexualidad junto con la adquisición de una nueva consciencia.

Hace diez años inicié este camino, me di cuenta que muchas cosas relativas a mi sexualidad y mi placer habían pasado desapercibidas. Inclusive comencé a adquirir consciencia de ciertas violencias que había bloqueado para evitar admitirlas. Experiencias que recordaba, pero no lograba procesar su significado, tal vez tratando de evitar el dolor. La consciencia duele.

En este proceso es posible encontrar en el propio placer una fuerza generadora de autonomía y autodeterminación. En un inicio, todo puede emerger de la propia exploración individual, pero al final, es necesario lanzarse al ruedo y poner en práctica el conocimiento y las habilidades obtenidas. Y es ahí, donde nos abrimos a la posibilidad de mayores aventuras –pero también mayores riesgos– entramos a lo que llamo «un campo minado».

Insisto, iniciar la exploración individual es esencial, pero no olvidemos que la exploración con otras personas expande y multiplica nuestro universo de experiencias. El problema es que una, como mujer, no le es tan fácil ir a buscar aventuras por ahí de forma relajada. La sexualidad está envuelta en toda una política de poder con mucha carga histórica, social y cultural.

A como lo veo, hay dos posibilidades: o encuentras un(a) compañero(a) que esté dispuesto a explorar hombro con hombro contigo tu sexualidad o encuentras múltiples compañer@s con quien explorar y tener experiencias diversas. En el mundo romántico, lo ideal sería la primera opción, pero yo siempre me pregunto si centrar la exploración con una sola persona se vuelva de hecho algo limitante. Y como referente, piensen en cuántos hombres preferirían tener sexo con una sola persona en toda su vida en lugar de experimentar con varias parejas. Dejo a su criterio la conclusión.

De las dos opciones, es obvio que la primera opción –para mí– no funcionó. Yo me decanté por la segunda opción, no puedo decir que ha sido un rotundo éxito, mentiría, pero me he esforzado por darle la vuelta a todos los riesgos, vicisitudes y mierda que esta opción conlleva. He tenido buenas y malas experiencias, sobre todo usando Tinder, y ya se las he compartido (ver esta, esta o esta entrada de blog).

Y podrán decir, ¿para qué hacer todo esto? En corto, personalmente no veo sólo la posibilidad de placer como única ganancia, de hecho, con el tiempo eso resulta efímero; lo que perdura es el poder que se genera en ti en el momento en que te arriesgas, te expones y te atreves.

En los últimos años he pensado que se puede practicar ciertas habilidades en ciertas dimensiones de tu vida, que luego puedes extrapolar y usarlas en otros ámbitos. El juego infantil es un gran ejemplo de este concepto, l@s niñ@s a través del «juego» y la imaginación emulan situaciones en las que pueden practicar las habilidades sensoriomotoras y sociales importantes para su desarrollo. En los adultos, la práctica de un deporte como «juego» puede desarrollar el coraje para competir, la disciplina y la fuerza para sobreponerse al fracaso, sin tener muchas repercusiones en la gran escala de la vida (imaginando que esto no fuera tu profesión). Una idea similar, es cómo los hombres han usado a l@s trabajadores sexuales para «jugar» o explorar su sexualidad y sus deseos, esto en forma de pornografía, prostitución, strip clubs, sex webcams, etc.

Es interesante notar que las mujeres –históricamente– no han tenido mucho acceso a esos espacios de «juego» o exploración, y en el ámbito sexual es todavía menor. Actualmente es posible consumir pornografía adaptada al deseo femenino o incluso adjudicarse el término de pornografía feminista. Pero espacios en donde se va conocer gente de carne hueso, donde las mujeres puedan «jugar» o explorar su sexualidad de forma –más– segura; hay muy pocos.

Hace como año y medio comencé a ir a un sex club. Al principio fui por pura curiosidad y por empujar mis límites. El concepto de este sex club es una mezcla entre spa, bar y sex club dentro de una casa victoriana de tres pisos en la que puedes estar desnuda, en toalla, en traje de baño, en ropa íntima o ropa normal. En el primer piso, el lugar cuenta con una terraza con alberca al aire libre que mantienen a temperatura corporal todo el año y donde puedes asolearte desnuda, adentro hay un jacuzzi y un sauna con vestidores y regaderas, además de un pequeño bar con tubo para hacer pole dancing o simplemente bailar freestyle. En el segundo piso, hay un espacio donde organizan eventos durante toda la semana que van desde clases de naked yoga, talleres con temáticas sexuales, demos de BDSM, performances burlesque o sexo en vivo; enfrente, hay un “calabozo” donde puedes usar tus juguetes y explorar tu lado más kinky. Finalmente, en el tercer piso se encuentran múltiples habitaciones abiertas con colchones revestidos en vynil donde los visitantes pueden «jugar», es decir, pueden tener sexo o mirar a otras personas tener sexo. El tercer piso es la parte más swinger del club, donde se arman los swaps, los tríos, el group sex, etc. Mi habitación favorita es el red room, por ser más pequeña, un poco íntima y cerrada, pero también es la habitación que queda de frente al subir las escaleras, ergo tod@s te ven.

Al principio fue difícil sentirme cómoda caminando en las instalaciones en toalla o ropa íntima. Poco a poco me fui acostumbrando, ahora –incluso– puedo caminar completamente desnuda sin estrés. Como no tienen el concepto de antro-sex club con música a todo volumen, la gente interactúa mucho más entre sí. Las pláticas surgen espontáneamente en la alberca, el jacuzzi o el sauna. Me fascina el hecho de poder estar desnuda enfrente de un(a) extraño(a), y luego poder entablar una conversación casual.

El club sigue reglas muy estrictas en cuanto al consentimiento. Las personas no pueden asumir que quieres sexo o algún contacto por el mero hecho de estar en el lugar. Todas las personas tienen que pedir consentimiento para tocar o «jugar» con otra persona o pareja. Si alguien llegara a romper esa regla y te empezara a acosar, es posible reportarlo al personal de seguridad, quienes, o darán una advertencia o simplemente sacarán a esa persona del club. Una consecuencia de esta política, es que empiezas a sentirte más segura de decir “no” porque sabes que la otra persona tiene que respetar y aceptar tu respuesta.

Otra ventaja es que en varios puntos del club hay dispensadores de condones y lubricante. Así que, si decides de impromptu «jugar» con alguien, nunca vas a tener el inconveniente de que nadie lleva condón. Esto en particular es algo que me hace sentir súper segura, porque no pueden rehusar a ponerse el condón ni darte pretextos estúpidos. Ahí están a la mano, y si no quisieran usarlos: o te alejas o los reportas. Una vez me pasó con una cita de Tinder, que el tipo no quería ponerse el condón y me daba pretextos mil, el problema es que estaba en su casa y en ese contexto tienes que considerar el riesgo que existe de que el tipo se ponga loco y no tengas cómo escapar. Porque aceptémoslo, el sexo en privado a quien deja más vulnerable es a la mujer. Sin embargo, el sexo en un contexto de positivismo sexual y público, no, al contrario nos protege.

Después de hacerme visitante regular del club, cada vez se me hace más fácil iniciar conversación con un hombre, pedirle su número de teléfono o incluso decirle directamente si quiere «jugar». Yo era tímida, juro que no hacía esas cosas. Me hace sentir muy poderosa decir las cosas de forma tan directa. Tengo la oportunidad de practicar cómo comunicar de manera clara a la otra persona, cómo me gusta que me toquen, dónde me gusta que me toquen o su opuesto: lo que no me gusta. En mi experiencia, la banda que va a estos clubs está preparada para recibir esta información sin sentirse ofendida o intimidada, o al menos no tienes por qué sentirte responsable. Es posible decir “sólo quiero que me toques aquí y nada más (o sea no quiero coito)”. Y obvio, pueden tratar de convencerte, pero tú tienes la última palabra, y sólo les queda aceptar tus términos. Me encanta «jugar» y practicar ser asertiva en un contexto seguro y con personas con las que no tengo tanto vínculo emocional. Bajo estas condiciones, los riesgos son pocos y las ganancias en desarrollo personal son enormes. Si quieres saber el nombre del club, mándame un mensaje a mi correo o por Twitter, y te digo.

Hay que pensar cómo juntarnos para invertir y abrir más lugares como este. ¿Quién se apunta?

***

Sigue a Maeve en Twitter: @reinamaeve

Si te interesa contactar con Maeve, puedes enviar un correo a: maevereina@gmail.com

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

2 comentarios en “La exploración del deseo femenino como juego”

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