Si se tratara de mí…

Dr. Jaime Federico Rebolledo Mota

Compañeros,

Ante la contingencia del Cov19 quiero felicitarlos por el compromiso y responsabilidad que despliegan contra el virus y las carencias para enfrentarlo, además de resistir a los medios de desinformación. Por su esfuerzo y compromiso les doy las gracias.

Ahora bien, el asunto que me ocupa es la penosa necesidad de “escoger” a quién aplicar las medidas extraordinarias: a los jóvenes o a los mayores de 60 años. No han sido pocas las veces que se tiene que tomar esta decisión aún en los mejores centros hospitalarios, y por la desinformación tales medidas escalaron hasta convertirse en Obstinación Terapéutica.

Hace tres días me enteré del cuadro clínico de la neumonía por coronavirus: el cansancio seguido del ataque al estado general y fiebre que supera los 39 grados. La tos seca y la dificultad para respirar que progresa hasta la sensación de ahogamiento, además del cortejo sintomático de la mayoría de los cuadros gripales, a lo que se agrega la angustia y desesperación que despierta la sensación de muerte inminente.  Todo ello descrito por uno de nosotros al llegar al hospital donde se desplomó de pronto.

Todo el personal que se encontraba en el servicio corrió a su ayuda y se le aplicaron los procedimientos para controlar los signos vitales mediante lo propio para la conservación de “la vida” (ahora tecnologizada). Se iniciaron los estudios para establecer el diagnóstico que concluyó en una neumonía por Cov19. El colega tenía hipertensión arterial. Con todo ello y por tratarse de un médico, lo enviaron a terapia intensiva. Hoy, tres días después, me enteré que, durante su estancia en terapia intensiva, presentó en dos ocasiones paro cardiorrespiratorio y respondió a maniobras para continuar tecnológicamente vivo.

Aparentemente no pasaba nada. Era uno más de muchos. Pero hoy, esta mañana, me desperté más temprano que otros días, estaba inquieto. No entendía qué pasaba hasta que de repente pensé… Pensé que ese paciente podría ser yo. ¿Si se tratara de mí? Eso era lo que me había despertado temprano. Había soñado con lujo de detalles como caían sobre mi tórax las compresiones como plomo y la desesperación de mis compañeros. Las prisas de las compañeras enfermeras que se abalanzaban sobre mis extremidades aguijoneándome las venas y abriendo a chorro las soluciones frías. Se repitieron una, dos, tres veces los intentos de “intubarme” y de repente se clausuró mi garganta con un tubo. Ya no podía comunicarme. Mi corazón desfallecido era reclamado a golpes a volver a latir, a responder, ¡a vivir! Mis pulmones eran sujetados cibernéticamente a seguir el “son que me tocaran” y de repente un bombazo de adrenalina empujaba el torrente sanguíneo para que “la vida” continuara, sin ninguna respuesta de mi parte.

Lo sabemos, compañeros, las maniobras repetidas tantas veces no garantizan nada, y la anoxia en el tejido nervioso por más de cinco minutos suele dejar lesiones irreversibles y por más que se recuperen las funciones vegetativas, por más que se recuperen algunas regiones cerebrales, las lesiones establecidas pueden dejar secuelas incomprensibles para eso que llaman vida.

Por eso, si se tratara de mí…

Les pediría que atendieran a la vida,

la mía,

la compartida y vivida con los demás y

para los demás.

Que ejercitaran como nunca la historia clínica

y descubrieran además de mis antecedentes

patológicos y no patológicos,

la historia compartida con los otros.

Que supieran si viven mis padres, mi cónyuge, mis hijos,

que se reconocieran a mis amigos y

a mis compañeros de trabajo

y aún a los desconocidos

que comparten conmigo la sala del hospital,

los pasillos o los otros cuartos.

Querría que encontraran en mi historia,

eso, la vida vivida,

esa que a palos ya la vivimos, y vivida, ni Dios nos la quita.

Cuando sepan de todos, háganles saber en forma veraz, oportuna, suficiente y adecuada, el estado en que me encuentro.

Sujétense al ejercicio pleno de la medicina que reclama un diagnóstico y un pronóstico en función de la salud, ¡salud!, equilibrio, homeostasis. Una homeostasis tal, que integre y comprenda al ser humano completo.

Es decir, como ese ente biopsicosocial que alguna vez nos dijeron que debíamos atender.

No se limiten al sólo cuerpo enfermo y desmedrado, atrapado en sí mismo que se defiende trastocando los valores de los tejidos o de los órganos, por encima de la integridad, identidad y dignidad humana.

Si bien debemos luchar para retomar el equilibrio y responderle a la vida, ésta, sólo nos ofrece dos alternativas propias del vivir: recuperarse o morir. Apliquen toda su sapiencia para que se recupere la salud, pero reconozcan que la luz, se encuentra hacia ambos lados del camino.

Entre que sucede que llegue a la luz, es necesario que sepan que existe un aquí y un ahora compartido con otros “aquís” y “ahoras” que reclaman mi presencia en un presente cotidiano. Que me necesitan como yo los necesito a ellos para entendernos “nosotros”. Mi familia, mis amigos, son tan parte de mí como mis manos, como mis ojos, como mi corazón o mi estómago. A ellos como a mi cerebro les hace falta que circule la vida por dentro de sus cráneos. Reclaman como yo, consciencia. Consciencia con “sc”; no el estado de alerta, sino aquella que nos hace humanos. La que nos da la razón de ser. Esa consciencia que nos relaciona con el mundo y nos hace saber al otro. Por eso les pido que, si se tratara de mí, no se limiten al sólo cuerpo y menos aún a la enfermedad que lo somete.

Entiendan y atiendan que “No sólo de pan vive el hombre”, que finalmente el cuerpo, se sabe cuerpo y se sabe enfermo por la consciencia de sí mismo. En ese saber de mí, reclamo a sus consciencias que les dé la luz para que conozcan y atiendan además de las enfermedades, mis apetencias, mis gustos y mis disgustos, mis miedos y mis fobias, la angustia de ser, de haber sido y de ya no ser. Reclamo que se den cuenta de que mis cinco sentidos le dan sentido a la existencia. Además, que alcancen a los míos como una parte importante de lo que soy, que me digan a través de sus ojos la verdad y que la vean en ellos reflejada como respuesta para ustedes. Permitan que se acerquen todos ellos a tocarme, a decirme y a hablarme de mí mismo en sus consciencias, que rían o que lloren, que bendigan o blasfemen, que me miren ¡o que no me miren!, que me besen o lastimen. Déjenlos junto a mí, si es que no pudieron mandarme a mi casa porque no les di tiempo de hacerlo. Déjenlos verse refrendados en sí mismos por mi ausencia. Favorezcan y faciliten la oportunidad que tengamos de hacer valer nuestros perdones recíprocos. Háganles saber que no está en ellos, ni en ustedes el devenir. Por eso, si se tratara de mí…  ¡deténganse!

No continúen irreflexivamente lo que sabemos ya se volvió costumbre. Si los elementos del juicio racional y profesional les dijeran que definitivamente me encuentro sujeto a ventiladores y soporte farmacológico, cuando alguien más joven y con más posibilidades de recuperación lo necesita. Entonces les pido compañeros atiendan aquello, que me dijo el Dr. Ignacio Chávez: “que no tengan sed y que no tengan dolor” (a lo que le agrego el insomnio) y esto es fácil de atender, mójenme los labios y aplíquenme un analgésico opiáceo a dosis suficientes y adecuadas con base en la farmacopea y su experiencia, y acompáñenla con una sedación suficiente para que esté tranquilo. 

Aléjense de mí y mírenme a la distancia. Soy como cualquiera de ustedes y no me refiero a que soy médico, sino humano. Piensen un momento para sus adentros en esa consciencia que nos relaciona con el mundo y nos hace saber al otro, que ya no está en mí, que ya no sabe nada de sí y mucho menos del otro. Esa consciencia que ya no será ni médico, ni amigo, ni padre, ni esposo. Hecho lo propio, deténganse.

Dejen su hacer de médico en el perchero y acérquense a mí como se acercan los amigos. Tóquenme y no digan nada. El papel de los amigos es estar, no hacer ni más ni menos que lo que el otro le pida y yo les pido que se detengan. Perdónenme por ponerlos en este trance, perdónenme ustedes, porque sólo ustedes podrían perdonarme el haberme equivocado como médico al enfermarme. Perdonen mi complejo de dios en su nombre y perdónense en mi nombre su sólo ser de seres humanos.

Finalmente les pido que, si se tratara de mí, hagan en consciencia y con consciencia lo que querrían que hicieran por ustedes en una situación similar. Lo que haya de suceder, no será diferente a lo que les sucede a todos, créanme, morir está en los genes y es un signo de buena salud.

¡Ah!, ¡por ningún motivo quisiera que se sintieran fracasados! Si hicieron un diagnóstico, establecieron un pronóstico y me dieron un tratamiento congruente y consecuente con mi realidad, cumplieron. Luego de esto, sépanlo: ¡¡nadie, absolutamente nadie puede reclamarles nada!! Ni sus consciencias. Así que, si se tratara de mí, ya saben lo que espero. ¡Ah!, y también gracias, Gracias a todos.

Dr. Jaime Federico Rebolledo Mota

En tiempos de la pandemia 2020.

***

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

4 comentarios en “Si se tratara de mí…”

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