No hay final

Fernando Carreto

Tras horas de bloqueo en la biblioteca, el cubículo se siente como una ziploc sellada y los lentes como un metal pesado sobre la vista. A Carmen, en vías de graduarse, le asfixia su falta de inspiración frente a la pantalla de la computadora. Decide salir de esa prisión plástica e ir en busca de un final para su historia, que tampoco tiene aire y necesita respirar, sin pensamientos que le estorben o notas que intoxiquen su imaginación.

Desde que inició la facultad no camina por la biblioteca. Hoy siente ganas de perderse entre los pasillos y rincones hasta toparse con alguna obra olvidada que pueda sacarla de sí, y luego devolverla, renovada, a su corporeidad exhausta.

Durante varios minutos recorre aquel reino de libros ante el cual su asombro no termina de apagarse. Su figura es como un microbio deslizándose bajo la sombra imponente de los estantes que bordean los corredores, ahí donde se almacenan ideas y teorías, los milenios de la humanidad y el universo, pareciera que ella camina hacia un punto de fuga con perspectiva de infinito.

A lo lejos divisa a un sujeto que corre hacia ella, trae un montón de libros sobre los brazos, avanza a zancadas torpes y apenas consigue sostenerlos. No bastó con que Carmen se hiciera a un lado, el tipo arremetió contra su hombro, casi derribándola. Uno de los libros cae al suelo, el sujeto no frena su carrera y pasa de largo hasta perderse de vista. Carmen recoge el libro y comienza a hojearlo: son cuentos de M. Yourcenar.

Lee uno, pero no puede terminarlo. La última página no está. Intenta con el siguiente cuento, y el siguiente, lo mismo: sólo dentaduras irregulares de papel en cada no-final. Busca alrededor, quizá alguna hoja aterrizó cerca de sus zapatos, pero su mirada sólo halla el patrón de leminscatas rojas que se extiende por el suelo alfombrado.

Más personas se desbordan por el pasillo: compañeros de la facultad, el señor intendente, la bibliotecaria, algunos profesores; todos cargando libros en sus brazos y con un frío semblante de angustia. El espacio ya huele a desesperación. Gritos quebrados y golpes secos ahuyentan el silencio.

Carmen decide regresar a su cubículo, avanza por el pasillo y dobla a la izquierda en el corredor principal. De pronto, una mano temblorosa la ase de la muñeca. ‘¡Por favor!’, le suplica un alumno de letras de primer semestre, ‘Dime cómo termina La Odisea´, al borde de las lágrimas blande a Homero como una linterna sin baterías en la oscuridad más honda. ‘¿Ulises sí regresa a Ítaca a los brazos de Penélope? ¡Por favor, dímelo!’

Carmen agita su brazo con brusquedad, liberándose del alumno que cae al suelo. Por un momento se detiene, lo mira temblar y aferrarse al libro mientras se deshace en un llanto desconsolado.

Se aleja por el pasillo hasta llegar a las escaleras que llevan a los cubículos. Al subir los escalones escucha clamores de agonía a lo lejos. Desde el barandal puede ver el caos entre la gente que grita y hace rabietas al saberse incapaz de conocer la conclusión en las obras de Platón, Kundera, Shakespeare, Rilke, Carver, Paz y muchos más.

Al cruzar la entrada del cubículo, Carmen se detiene de súbito.

Descubre sus libros, cuadernos y libretas de notas abiertos y replegados por todo el espacio de estudio. Revisa entre sus cosas. No parece faltar nada, pero alcanza a vislumbrar el trazo de algo inscrito sobra cada hoja. Los lentes ahora le pesan más, siente como si la luz que atraviesa los cristales le quemara las pupilas. Se los quita y los bota sobre el escritorio. Ajusta la mirada con un enorme esfuerzo y descubre las palabras que la hacen estremecer: No hay final.

Su respiración se agita mientras pasa las hojas una a una entre sus dedos. El ruido del papel es como un susurro agudo y filoso que le quiebra los tímpanos, un No hay final, que se repite y se pronuncia con cada rasgueo de cuartilla. El mismo trazo que se multiplica en todas partes y, a la vez, segundo a segundo, se hace más borroso. No hay final en las hojas en blanco de su diario, las que todavía le faltan por llenar con garabatos, anécdotas eróticas y una que otra divagación terrenal; no hay final en los cuadernos, superpuestos en los apuntes y notas de clase; no hay final en las páginas de cuentos y novelas, las que no ha terminado de escribir y también las que no ha empezado a leer; No hay final, como un pop-out de fotogramas verdes y fosforescentes en la obscura pantalla de la computadora, y un pequeño dinosaurio del mismo color y fosforescencia devorando aquellas palabras en un bucle intermitente, programado para empezar y no terminar.

Carmen pulsa enter. Nada ocurre. Teclea con fuerza sobre el resto del tablero. De nuevo, nada. El dinosaurio continúa atragantándose con los No hay final. Ningún botón puede hacerlo desaparecer.

El ciberespacio tampoco la salvaría de esta atmósfera de indefinición, el virus ya se había esparcido: las conexiones se habían caído, las redes habían dejado de piar desde las bocinillas de su celular y las fuentes de información ya no corrían como ayer a la misma hora. Parecía que el tiempo y el espacio estuvieran trabados como un glitch informático en la negrura de un rectángulo de fibra de vidrio. Sin señal del internet nada parecía tener final.

Carmen se desploma sobre el asiento. Agarra su cabeza con ambas manos. Ya no escucha los gritos del exterior. Siente un vértigo punzante en todo el cuerpo.

Pensó en los epilépticos, seguro esto es lo que sentían antes de colapsar en el aura, como apresados en un gigantesco punto vacío, en una libertad sin sentido, habitantes de un mundo eternamente inacabado y sin la más remota posibilidad de apagarse o siquiera reiniciar el sistema.

El tiempo que duró su trance es un misterio. No podría llamarlo un desmayo. Tampoco una ausencia propiamente. Se parecía más a un sueño recordado a medias, quizá, pero tampoco había cerrado los ojos por mucho tiempo. Eso sí, estaba segura de haber regresado (o sentir que regresaba) de algún sitio o dimensión intangible. Y al volver, ahí estaba el dinosaurio frente a ella, con sus lentes puestos y la boca abierta… Como si tuviera algo qué decirle…

***

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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