Endulzar la amargura

R2 Mora

En estas semanas he podido oír historias de personas que cuentan la amargura por lo que pasan. Yo mismo he sentido esa amargura que desencaja el rostro, pone vidriosos los ojos y los transforma en pequeños ríos. No es fácil recobrar el ánimo en estos tiempos solamente con frases motivacionales repetidas por nuevos emisarios del éxito empresarial y de falsos profetas, que anuncian con tonos melosos y pretendidamente místicos, que todo esto pasará por decreto.

La pandemia es algo real y vino a mover las estructuras económicas, sociales y aún las políticas a nivel local, nacional e internacional. También trajo la oportunidad de revisar la vida misma, desde cada uno, desde su realidad, con sus condiciones y necesidades concretas.

La realidad es y será el futuro que construyamos juntos, no hay un destino predeterminado. Lo que sí puede haber son múltiples posibilidades de salir de esta pandemia con nuevos deseos, renovadas esperanzas y utopías por compartir. Esto puede llegar a ser sólo si empezamos a vernos y a reconocernos, hacia el interior y hacia el exterior, desde lo que somos en lo individual y lo que podemos ser desde lo colectivo.

Implica que tenemos que ir tejiendo un nuevo imaginario social más humano, sano, ecológico y educado, en donde la dignidad de las personas sea la base de la vigencia y el respeto de los derechos humanos. Tenemos que hacernos cargo de la realidad, esa que se muestra sin maquillaje y sin adornos. Que nos desnuda y nos pone ante nuestra fragilidad y nuestras carencias, en una cultura que ha naturalizado el individualismo, las violencias, la discriminación, la intolerancia y la indolencia ante los grandes problemas sociales y profundamente humanos, en aras de un pretendido progreso que puso al desarrollo económico como deidad única.

La amargura es una noción que alude a aquello que provoca tristeza, dolor, preocupación, desazón o malestar y que desde las emociones que conlleva requiere que sea atendida y se necesita que hablemos de ella, que la podamos poner visible y reconocerla en nosotros con rostros concretos, con las historias personales que cargamos y con todos los sentimientos que arrastra.

Se necesita hablar de lo que nos duele, de lo que nos preocupa, de lo que nos crea ansiedad y de lo que nos entristece.  Reconocer lo que es la amargura, ponerla a la luz y exponerla es urgente.

Si entendemos que hoy el tema de la salud física pasa por no contagiarnos del Covid19, también se requiere priorizar la dimensión de la salud emocional y mental. Lo que está pasando con el confinamiento en muchas personas, pone de manifiesto que se requiere aceptar que hay muchos problemas psicológicos individuales y colectivos de comportamiento que se están expresando.

¿Cómo endulzar la amargura? ¿Se puede? ¿Endulzamos el chocolate amargo? ¿Qué acaso no le ponemos jarabe a una bebida alcohólica para hacerla menos amarga?

Hoy más que nunca se requiere hablar, se necesita escuchar y se necesitan palabras amables.  Sigmund Freud escribió: “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”. Y esto no significa decir frases de optimismo simplista o irreal, repetir y publicar en redes sociales frases descontextualizadas de la realidad de las personas. Se requiere a veces sólo preguntar, comprometerse a escuchar, a veces a expresar palabras de comprensión, en otras ocasiones palabras que inviten a la reflexión y  palabras que creen confianza para que la amargura salga y dé espacio para la dulzura, para la paz y la serenidad.

En el más reciente texto de  Alma Delia Murillo, Abrázame,  cuenta un historia de la que es testigo, y es de una niña de alrededor de 6 años que cae al ir corriendo al lado de su mamá y entre llantos la niña ofrece sus brazos para que la mamá la abrace y lo que la niña recibe es un intento de lección, seguramente de una mamá posmoderna que busca hacer fuerte y exitosa a su hija a toda costa, haciéndola responsable de su caída, pero poniendo una distancia afectiva, sin abrazarla y que creo que seguramente será fermento para la amargura presente y futura de esa niña.

Alma Delia escribe: “Los abrazos no hacen daño, todavía no hay estudios (por fortuna) que digan que abrazarnos hará involucionar al genoma humano”. Y apunta: “Recordando los tantos abrazos de mi madre, de la vida. Pensando en lo importante que es tocar, tocarse”. Palabras que ella escribe nos dan una pista profundamente humana para poder endulzar la amargura. Son sin duda abrazos de todo tipo, como los que recoge Eduardo Galeano en su Libro de los Abrazos. Se necesitan esos abrazos y caricias que tienen que ver la historia, con la vida, con lo que se siente. Abrazos del lado del corazón, abrazos que no necesitan palabras, abrazos que unen, abrazos que endulzan almas y corazones, abrazos que contagian alegría, abrazos que son soporte, abrazos que son bálsamo para el dolor, abrazos que infunden confianza, abrazos que reparan, abrazos que sanan, abrazos que reconfortan.

Alma Delia Murillo concluye en su texto: “Otra cosa que también sé -que todos sabemos- es que no corren tiempos fáciles, y si hay una trinchera que debemos procurar es la del abrazo, la del contacto físico. Sobre todo ahora que la revolución de la virtualidad vino a rompernos los vínculos reales de tal manera”.

Podemos endulzar la amargura, yo sé que se puede. Lo he sentido y he tenido la dicha de que han endulzado mi amargura  -y lo agradezco con mucho cariño-. Creo que también he podido ayudar a endulzar la amargura de algunas personas. Ahora nos toca darnos la oportunidad de reconocer lo que sentimos y acompañarnos, se trata de hablarnos, de escucharnos, de abrazarnos y de ofrecernos palabras bondadosas ante la amargura y el sufrimiento humano. Saber que nos necesitamos y sólo ahí, desde la palabra compartida, del abrazo otorgado y recibido, del sentirnos cerca, es que renacen los deseos y la amargura se endulza.

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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