Las últimas lágrimas

Fernando Carreto

El agua dejó de correr por el río que atraviesa la ciudad imperial. El reino entero comenzó a secarse. Por los cauces sólo desbordaba la angustia de los campesinos y arrieros que veían caer a sus animales sobre las piedras calientes, desnudas bajo los rayos inclementes del sol.

Pasaron días, semanas, meses. Gente de todos los parajes del reino peregrinaba hasta la gran ciudad. En el camino todos se contaban la misma historia: la historia de su sed.

Tras ellos quedaban estelas de bienes y riquezas tirados; algunas se extendían por millas hasta el horizonte, otras apenas abarcaban unas cuantas yardas. Uno a uno, iban cayendo los tesoros sobre la tierra seca del sendero, sin que nadie mostrara interés en recogerlos.

Llegaron todos arrastrando los pies.

Artistas, prostitutas, mendigos, comerciantes, caballeros… Todos se amontonaban en el lecho vacío. A sus pasos los sostenía un optimismo cada vez más remoto, con sabor árido a desesperanza, y a orillas del río seco, flacos y desposeídos, también lo fueron a botar.

Levantaron campamentos sobre la arena de la playa que al paso del viento se alzaba como polvo. Los bordes pastosos ya habían perdido su verdor. El césped crujía bajo las pisadas torpes y desconcertadas de la corriente humana. Caminaba en vano la gente, andando en círculos, en un último esfuerzo por sudar alguna gota y lamerse la piel.

Finalmente, el rey y su corte arribaron al río. Sus reservas privadas se habían agotado también. El monarca observaba la desolada escena desde lo alto de su caballo. Algunos ingenuos creyeron que aquella corona sobre montura les traía una solución. Lo vieron abrirse paso entre el gentío que se mimetizaba con la carne descompuesta de los cadáveres. Las pezuñas no discriminaron al pasar, y algunos de los vivos, en espera de una muerte silenciosa, terminaron sus días bajo el peso del escuálido caballo.

Del agua, no quedaba más que un rumor atrapado en las bocas de la memoria colectiva. De entre los arcos del acueducto se colaba el murmullo de la sequía. Jamás el silencio había sido tan infernal.

El rey desmontó. Se agachó para tocar el suelo. Se quitó las túnicas y el resto de su ropaje. Quedó desnudo frente a sus súbditos. Por último, se despojó del halo real de su corona que cayó sólida entre los pedregales. El ruido metálico no hizo ningún eco.

El rey contempló la gran ciudad blanca, como un reflejo de la palidez de los sobrevivientes. Luego miró los rostros de la gente, vio en ellos cómo se iba desvaneciendo la antigua gloria de su mandato.

Todos con labios rotos y partidos.

Todos con el corazón deshidratado.

Todos con sed.

Perdido entre aquellos rostros, estaba también el poeta. Olvidado su oficio y también las palabras que hasta hace poco saciaban otra clase de sed. Sólo a él le quedaba líquido en el cuerpo, y no se pudo contener ante la belleza de aquel momento en que los seres humanos, muertos de sed, ahí frente al río seco, eran iguales. Las lágrimas comenzaron a brotarle y la multitud las olió al instante. El otrora rey corrió por su corona para ser el primero en saciarse, pero otro más astuto ya se había auto coronado, gritaba y promulgaba leyes para administrar el valioso recurso recién (re)descubierto. Los gritos caían en los oídos sordos y sedientos de una muchedumbre que se apiñaba en torno al llanto; el llanto más valioso de la vida.

Poco a poco, el poeta se fue consumiendo entre el ruido quebrado de los lengüetazos.

***

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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