Mi novio virtual

#yoconfieso

El virtualismo es el proceso actual de alteración cultural bautizado por Guzmán Marín en 1999, desde entonces lo supo. No es un movimiento social generado por un grupo de intelectuales o es provocado por una revolución armada. La tecnología informática está causando en la mente humana y en la sociedad cambios radicales de imprevisibles consecuencias y hacen dudar si vivimos en la realidad o en un sueño programado; pero yo no los voy a llenar de teoría y datos duros, simplemente les voy a contar una historia…

Lo llamaré Sebastián. No. Mejor Luis. O Alex. Como tal, da lo mismo cómo llamarlo. Ahora que pienso cuál debe ser el nombre del personaje de esta breve historia, ya no existe en la realidad, así que es irrelevante su nombre, pero para efectos de la misma, lo llamaremos Emiliano.

El año pasado, una noche metida en mi cama, al igual que muchas personas, revisaba en mi celular redes sociales y, de pronto, apareció la notificación en Facebook de una nueva solicitud de amistad y rápidamente investigué quién era un probable y nuevo amigo. Emiliano. En ese momento, me ruboricé y la emoción invadió mi corazón. El dueño de mis primeros suspiros fue, precisamente, Emiliano. Recuerdo soñar despierta de niña en el salón deseando que Emiliano me pidiera casarme con él en la kermesse de la escuela y cargara mi mochila para siempre. Éramos buenos amigos.

Trece años. Secundaria. Adolescencia y calentura. Quería explorar ese impulso con Emiliano, descubrir a su lado besos, caricias y sexo, pero mis padres me separaron de un posible novio al cambiarme de escuela y en mi época de estudiante no existía el celular, tampoco las computadoras o las redes sociales. Se perdía por completo el contacto y, por ende, la relación. Con el corazón entristecido le dije adiós a Emiliano el último día de clases en la puerta del colegio.

Veinticinco años después, Facebook lo trajo al frente de mi vida. ¿Serendipia? ¿Casualidad? ¿Broma cósmica? Quién sabe. No importa, pero comenzó a latirme fuertemente el corazón cuando lo acepté como amigo y me ilusionó el poder retomar ese contacto que se perdió en nuestra adolescencia.

Pasé casi media hora estudiando su perfil hasta que caí dormida y todo me valió madre. Siguió mi vida y también mi rutina. Escribo. Leo. Fumo mota. Como. Bebo. Escribo más. Así pasaba días y noches (no me quejo para nada de mi vida ni la paso mal). Me olvidé por completo de Emiliano. Nuevamente ya metida en la cama, días después, Emiliano me regaló su primer Like y ya no quise dejar pasar la oportunidad. Abrí Messenger y lo saludé. Total. Si me dejaba en visto, ni lo conocía en realidad. Veinticinco años no son en vano, no sabía ni quién o cómo era ahora que estamos en la cuarta década de nuestra vida. Todo era realmente virtual y a través de una pantalla.

Al día siguiente, Emiliano me regresó el saludo en el Messenger y, sin darnos cuenta, chateamos más de dos horas esa misma noche. La conversación virtual no le causó sueño a ninguno de los dos y hablamos de todo y de nada. Riendo, nos invadía la curiosidad por el reencuentro inesperado y sorpresivo. Le confesé que había sido mi primer amor en la vida y, cuando caímos en cuenta de la soltería de los dos, apareció la coquetería entre nosotros. Me pidió mi celular para continuar al día siguiente la conversación por WhatsApp, pero todo seguía siendo virtual. Ni siquiera podía asegurar que Emiliano fuera Emiliano… Todo era difuso… El chateo fue intenso por varias semanas. Le mandé mis mejores selfies, pero además del virtualismo, había miles de kilómetros entre los dos. Emiliano vive en Barcelona y después de algunas semanas fantaseando con un posible nuevo amor, gracias a las coincidencias de vida y la abundancia de lugares comunes entre nosotros, Emiliano me sugirió tomar un avión y pasar varios días con él en Barcelona.

Entre broma y broma, conversando todo el día por WhatsApp, pactamos estar juntos un par de semanas en Barcelona para pasear por la ciudad de día y coger mucho por la noche. “Quitarnos, por fin, el gusanito”. Pasaban los días y mi vida seguía. Escribo. Leo. Fumo mota. Como. Bebo. Escribo más. Pero el corazón aventurero que atesoro, provocó que una noche abriera Google para buscar vuelos a Barcelona en siguientes meses. Encontré una ganga y se me ocurrió comprar el boleto, aprovechar la oferta y largarme a conocer una de las mejores ciudades del mundo. Antes de comprarlo, consideré buena idea decirle a Emiliano para que convirtiera en realidad su palabra y yo tomara un vuelo transatlántico.

Después de mandarle una serie de selfies bastante provocativas y que me tomó un par de horas producirlas (solicitadas puntualmente por Emiliano) le mencioné mi descubrimiento en Google y le pregunté si le parecía buena idea que llegara a visitarlo a Barcelona en el siguiente mes. Emocionado y muy enfático respondió un cargado de ilusión. Más chateo, risas y la imaginación en los dos se acrecentaba. Al día siguiente, compré el boleto de avión para conocer, al fin, Barcelona, reencontrarme de manera presencial con Emiliano y recorrer la Sagrada Familia pensando lujuriosamente que, en la noche, cogería con Emiliano.

Una vez que adquirí mi ganga y me endeudé más con la tarjeta de crédito, le avisé con un mensaje de texto a Emiliano. El dinero siempre se recupera, pero el tiempo y las aventuras jamás. “Hola. Llego a Barcelona el primer sábado de junio. Cuento los días. Besos.” Nunca me contestó. Al día siguiente, le comenté brevemente por WhatsApp que ya había comprado el boleto y me dejó en visto. Le mandé un correo, preocupada y temerosa, tratando de averiguar y entender por qué se había puesto su capa de invisibilidad y se lo había tragado la tierra. Sin respuesta me quedé y, por supuesto, a los pocos días me bloqueó de todos lados.

No soy fatalista y sé que Emiliano sigue respirando y con su vida en la Madre Patria, pero mi mente voló y creí como realidad una simple fantasía de varias semanas, totalmente virtual, y a la distancia. Caí en cuenta que de esa manera no se construyen las relaciones personales y, mucho menos, de pareja o amantes. Da lo mismo. Se requiere mucho más que una conversación virtual y selfies para generar vínculos entre seres humanos sólidos y auténticos. Me dejé llevar por la realidad virtual y perdí el piso. Mantuve sola un romance por varias semanas y enternecía la supuesta belleza de historia, si resultaba. No resultó y realmente me sentía herida. Pero, ¿de qué estaba herida? Ni siquiera tuve cerca a Emiliano. Ni siquiera hablamos por teléfono. Todo fue a través de redes sociales, mensajes de texto, WhatsApp y correo electrónico. Y con una facilidad cargada de indiferencia, Emiliano desapareció de mi vida. Pero, ¿estuvo en ella realmente? No. Nunca. Por lo mismo, fue muy sencillo para él simplemente ignorarme y dejarme en visto. No contestar un mensaje también es un mensaje. Y uno contundente.

Lo que me parte el corazón es la crueldad del amor en los tiempos digitales. La sociedad individualista y ávida de ganar Likes en la cual vivimos, nos ha vuelto seres humanos fríos, impersonales, narcisistas, alienados y fugaces. Hasta puedes bloquear a la gente de tu vida si lo deseas. Aunque me parece sano y correcto que, al menos, tú escoges y decides a quién sigues en redes sociales, pero entre más popular seas, eres mejor que los otros y si no estás en redes sociales, no existes.

El boleto de avión no fue reembolsable ni transferible, pero me salió barato entender que sería más valioso recuperar lo que verdaderamente se requiere para crear relaciones humanas: tiempo, presencia, diálogo, respeto, intimidad, empatía y voluntad.

La posibilidad tan fácil para desaparecer del mundo virtual y la capacidad que tenemos de desechar sin remordimiento alguno a alguien de nuestra vida sin siquiera conocerla en la realidad, provocan que una posible relación humana se pierda simplemente en un mensaje sin contestar y habita, luego entonces, el puro olvido…

Además, no sean ojetes, no endulcen lo que ni pretenden comer…

***

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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