Antes de la crisis

#yoconfieso

Con el pretexto de festejar dos años con mi blog, decido abrir aún más mi corazón y compartirles parte de mi diario. Este texto fue escrito un par de meses antes de que se desatara una crisis de manía, cuya duración fue de siete meses, me arrebató once kilos y casi me cuesta la vida. Han pasado ya tres años, ahora estoy en el umbral de mis 40 y toparme con este manuscrito me erizó la piel y como sé que ustedes cuidan mis palabras, les regalo unas cuantas más.

Se acerca mi cumpleaños. Voy a cumplir treinta y siete años. Reconozco sin pesar que mi vida no es como la imaginaba de niña. Ese sueño de ser bailarina y recorrer el mundo pisando los mejores escenarios no logré convertirlo en realidad…

… Y la vida me llevó por otro camino… La vida y mi padre… Pero cada vez es más fuerte el grito interno que me pide un cambio de dirección, mi instinto me dice que me atreva…

Estoy un poco temerosa porque está por desencadenarse una crisis. Después de tres años en los cuales estuve estable, con excelente salud emocional, tranquila, en un estado de paz y serenidad y funcional… Estoy al borde de una crisis. No sé qué va a pasar, sólo sé que ya empezó otra vez y como siempre es diferente, no sé qué esperar y me asusta un poco.

A veces fantaseo cómo hubiera sido mi vida si no fuera paciente con Trastorno Bipolar y con el paso de los años he llegado a la conclusión de que mi genialidad radica precisamente en el desbalance que existe en mi química cerebral.

Siento demasiada ansiedad, como si las paredes de mi recámara se cerraran lentamente hasta atraparme. El temblor en las manos es constante. Duele la opresión en el pecho. Los cambios de humor me están jodiendo. No tengo hambre y no duermo. No me baño. Las voces son muchas y son claras. Rompo en llanto a la menor provocación y en momentos soy una perra iracunda. Estoy perdiendo el control y se me está agotando la voluntad. No puedo hacer nada para revertirlo a pesar de la conciencia de lo mismo. No me siento deprimida. Puedo dejar por escrito que se avecina una gran manía. Me siento poderosa, me fluyen las ideas y no puedo parar de escribir.

Voy a cambiar de psiquiatra. Nada más resuelva mi situación económica buscaré un nuevo profesional en salud mental porque Marco ya es sólo mi proveedor de medicinas y me sale muy caro. Prefiero comprar mota hidropónica. Marco me ajustó las dosis de los medicamentos. Estoy tomando el mismo estabilizador de ánimo, más antipsicótico y ansiolítico y me retiró el antidepresivo. Pero siendo honesta yo no siento ningún cambio. Al contrario, cada día tengo más energía y el sentimiento de omnipotencia acrecienta y estoy convencida que los medicamentos, después de diez años, ya no están surtiendo efecto.

Y sé que este episodio tiene fecha de caducidad. No sé cuánto dure y no sé cuántos kilos me arrebate, pero va a pasar. Esta vez le quito el poder a mi cerebro de destruirme. No me interesan el alcohol y el sexo… Me parece que puedo mandar todo a la mierda con el pretexto de una recaída de mi enfermedad y sentarme a escribir mi primera novela. Creo que es momento de ordenar mis textos y darles vida, y si ya no voy a dormir por estar en manía, en lugar de irme de juerga, me pongo a escribir.

Además, nada en la vida me interesa, no quiero andar vagando en la cotidianidad, ya siento hastío de lo mundano. Si estoy en una reunión social, me siento muy incómoda y todo me molesta.

A veces es cansado estarte peleando con tu yo racional y tu yo emocional. Es un poco confuso y es complejo aprender a distinguir lo que es una mera percepción o lo que es una química inestable. Cuestionar el origen de tus emociones puede ser un laberinto. Y todo por la posible falla de un órgano del cuerpo, del cual no tenemos ni la más ínfima idea de su funcionamiento. En ocasiones me siento como un conejillo de indias cuando visito doctores.

Es mi responsabilidad salir ilesa de esta crisis. Pero estoy perdiendo el control y la voluntad y es cuestión de días para que nada ni nadie me pare y me pueda sacar del episodio, se alargue por meses, me deje con muchos kilos menos y hecha pedazos.

Comprendí en estos días que esta crisis, estoy convencida fue provocada en gran parte por una serie de eventos a lo largo de estos tres años. No me ayudó el entorno.

Es cansado, muy cansado. Enfrentar constantemente una batalla entre tu ser emocional y tu ser racional, puede ser sumamente agotador. Al reconocer que eres incapaz de gobernar tus emociones en diferentes etapas de tu vida, todo se puede volver muy difuso. Cuando tienes que estar descifrando si lo que estás sintiendo es genuinamente una emoción o es la química inestable de tu cerebro, puede ser muy frustrante.

Sin embargo, como siempre lo he creído, en esta vida todo tiene su complemento, que a la vez es su opuesto y a través de esa relación simbiótica, ambos pueden ser, existir y estar. En medio de las crisis, justo esa batalla, la incapacidad de controlarme y la frustración de no poder afirmar si mis emociones son mías o no, es lo que me ha permitido generar una conciencia sobre la importancia de la salud mental e inteligencia emocional. Sin el caos de mis crisis, no podría tener la paz de mis etapas estables. Así que cuando estoy estable, realmente sé sacar provecho y soy capaz de vivir con salud mental e inteligencia emocional, pues sé que en algún momento enfrentaré nuevamente una crisis y viviré con emociones tan exacerbadas que terminan por tirarme…

Las crisis que he enfrentado y enfrentaré hasta el día que me muera, no valdrían la pena si no tuviera gente a mi lado que siempre espera pacientemente a que terminen y yo pueda volver a ser Sandra; el amor que me tienen todos aquellos que están conmigo cuando estoy estable, es lo que impide darme por vencida durante mis crisis.

Lo que me duele terriblemente y es cada vez más insoportable, es el hecho de que dejo de ser yo. La mujer que todos aman profundamente, se transforma. Y, a pesar de estar consciente de lo mismo, a pesar de ver claramente esa transformación, no puedo hacer nada por detenerla.

Después de veintidós años de vivir con esta condición y de llevar diez diagnosticada y medicada, hoy sé por fin que hay algo que jamás cambiará y permanecerá de manera constante en mi vida: la gente que me quiere.

Cuando entro en crisis, lo que más me lastima es el encierro, ya sea en mi casa o en el hospital, pero sé que debo hacerlo, lo he aprendido a través de los años y muchas crisis. Es terrible no controlar lo que estás sintiendo y puede tornarse tan agresivo que, incluso, llego a la violencia física. Y aunque todos quieren estar cerca de mí, para darme palabras de consuelo y aliento y quieran acompañarme durante mis crisis, prefiero estar sola, aunque lo que más ansío es estar rodeada de ellos, pero es más grande mi temor de decir o hacer algo de lo que pueda arrepentirme cuando esté estable, aún cuando sepan que no soy yo realmente la que lo dijo o hizo. No creo que sea sencillo comprender que la hija, hermana o amiga que conocen, es capaz de dañarlos mejor que nadie en el mundo, porque cuando has sido destruido, sabes como destruir. Nada me dolería más que lastimarlos y, por eso, en mis crisis, a pesar de que todos tienen la voluntad de acompañarme, debo estar sola.

Sé que mi red social velará por mí y mi bienestar lo que les quede de vida, pues a cada uno de ellos sólo les he dado amor y del amor más puro, real e incondicional que han conocido. He estado presente siempre en momentos importantes, duros y decisivos para ellos, he sido feliz por ellos, a todos y cada uno los he sabido respetar y apoyar, he sabido aconsejarlos, he limpiado sus lágrimas, he celebrado sus triunfos, les he provocado grandes carcajadas, les he regalado muchas aventuras, noches memorables y recuerdos a mi lado que perdurarán por siempre.

En verdad es tan complejo manejar esta condición. Apenas hace unas semanas estaba contenta, tranquila, con ganas, con voluntad, con planes, con proyectos y, a pesar de que nada se concretaba, yo estaba de pie, luchando, con una sonrisa en la cara y hasta sorprendida de mi estabilidad.

Hoy no soy yo. No sé donde está la Sandra que todos quieren tan cerca… Sé que esta crisis fue detectada muy a tiempo, parece que no permití que se saliera realmente de control, pero otra vez no sé cómo tener la fuerza para hacer algo tan básico y rutinario como tomar un baño o comer. Y aunque racionalizo perfecto que es mera cuestión de voluntad, simplemente no puedo. Apenas hoy quise prender la computadora y lo único que se me ocurrió para aligerar el proceso de salir de esta crisis, es hacer lo que mejor hago en la vida: escribir.

Y gracias a que estoy escribiendo, me he percatado que, a pesar de estar al borde de una crisis, ya hice lo más importante: anteponerme a todo y todos. No sé con certeza qué va a pasar, pero dejé allá afuera todo en orden para que cuando pueda reunirme nuevamente con mi red social, esté sana y sea la mujer que tanto quieren.

Hoy a pesar de saber que soy una mujer genial, sabia, madura, controlada, única, auténtica, que peca de honesta y con una capacidad de amar que poca gente tiene, me siento completamente harta de existir, derrotada, sola y perdida. Cuestiono tanto porque tengo una condición que a veces me priva de ser quien soy y que me jode la vida… Cada crisis deja una profunda cicatriz y reconstruirme es cada vez más difícil y, aunque sé que volveré a ser Sandra, me siento tan ajena a todo y todos en este momento, que me es difícil creer que pronto pasará… Aunque sé que así será…

23 de febrero de 2016.

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

5 comentarios en “Antes de la crisis”

  1. Te estoy leyendo ahora mismo desde una cafetería, en mi momento de relax antes de ir a trabajar. La proxima vez que te lea recordaré que necesito hacerlo en intimidad porque expresas tan bien los sentimientos que sentí cada una de tus palabras y he tenido que irme al baño a que no se vieran las lagrimas que me escurrían. Me encantaría leer una novela tuya.
    Espero que ahora mismo te encuentres en un momento bueno y te mando saludos con cariño.

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    1. Gracias a ti por leerme y por tu compañía a la distancia. Ahora estoy bien y estoy por publicar mi primera novela que se llama Mi vida después de los 30. Ya les avisaré a través de mi blog cuándo estará a la venta y donde la podrán comprar. Te mando un gran abrazo con todo mi cariño.

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  2. Llevo dos semanas en un exilio autoimpuesto. Me diagnosticaron a los 16 o 17 años, hoy tengo 26 y ése dato ha dejado de ser importante. Leí ésta entrada y no sé si lo que experimento es alivio o simplemente seguridad de que he tomado la decisión correcta al aislarme por cuenta propia.

    Es la primera vez que trato con esta estrategia, después de una estancia breve en el Fray Bernardino, renuncié completamente a verme en la necesidad de usar el internamiento. La psiquiatría es artificiosa… Y bueno, hasta ahí con eso.

    Realmente sólo tengo un sincero instinto de gratitud hacia tu relato; quisiera pensar que algunos de mis seres queridos pueden entender mejor leyendo tus palabras… Se nota que has alcanzado claridad y seguridad para existir en la desmesura, pero de algún modo he perdido todo salto de fe y no creo que haya palabras suficientes para tocar la realidad de una condición tan desbordada.

    Quiero parar de escribir. Es todo por ahora. Supongo que a veces basta con saber que existen compañeros de viaje aún cuando se manifiesta la profunda soledad del vacío… Aún cuando sólo tenga como representación de ti tus palabras.

    Bonito día, o noche, o simplemente bonita crisis existencial. Hasta pronto.

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