Mi lado sadomasoquista Parte 2

#yoconfieso

Con los ojos cubiertos por una mascada y con audífonos en mis orejas escuchando música a un volumen alto, fue mi iniciación al sadomasoquismo. Aquella primera vez no fue violenta, no me dieron latigazos ni me esposaron a la cama. Esa primera experiencia me hizo comprender que el sadomasoquismo es un mundo que se debe explorar al menos una vez en la vida.

La primera noche que jugué el papel de masoquista, resultó ser una experiencia desbordantemente placentera. Cuando cancelas sentidos de tu cuerpo, en este caso la vista y el oído, el placer que genera el tacto se incrementa de forma exponencial. Me besaron todo el cuerpo, lamieron cada pliegue de piel, me acariciaron y me provocaron un par de orgasmos. Yo sólo estaba acostada en mi cama, con una mascada tapando los ojos, escuchando mi música favorita y el pacto era que no debía moverme o utilizar mis manos. Todo el placer lo recibí yo. No hice nada en la cama aquella noche. Fui sometida y no tuve queja alguna. Él ni siquiera me penetró. Solamente hizo con mi cuerpo lo que quiso por un largo rato y en ningún momento fue violento. Tras esa maravillosa experiencia, le dije que cuantas veces quisiera jugar el papel de sádico conmigo, yo confiaría ciegamente en él. Se marchó de mi departamento a la mañana siguiente, pero antes acordamos que nos veríamos cada jueves para que me develara el mundo del sadomasoquismo.

Seguía escribiendo para su revista, él continuaba editando mi columna. En nuestra relación profesional ni siquiera cambiamos el tono de las llamadas y los correos. En el mundo real también era mi jefe y eso aumentaba su poder.

Yo ansiaba los jueves. Él solamente escribía un mensaje la noche anterior con el cual me decía cómo debía ir vestida para nuestro encuentro. Desde ese momento comenzaba el juego entre nosotros. Yo corría todo el jueves en centros comerciales para comprarme la ropa y vestirme tal cual me lo había pedido. Gracias a él, mis demás amantes gozan hoy en día de cualquier cantidad de vestidos, lencería sexy en todos los colores, medias de red, ligueros y tacones de aguja.

Cuando llegaba a su departamento me servía una copa de vino y yo me tiraba en su diván. Él tomaba una silla y simplemente sentado a mi lado, comenzaba la manipulación. Con mucha calma y voz seductora, me explicaba todo lo que iba a hacer conmigo una vez que me quitara (cuando él quisiera) toda la ropa, y a mí me excitaba simplemente escucharlo sin saber nunca hasta donde íbamos a llegar.

Jugamos con cera caliente y hielos. Cuando dejan caer en tu piel cera caliente, la sensación es intensa, pero si luego te la quitan con un hielo y lamen la parte que recibió la cera caliente, el placer es inaudito. La piel está muy sensible y que la recorran así con la lengua, te pone la piel de gallina.

Poco a poco, el nivel de sumisión se acrecentaba. Tanto dentro, como fuera de la cama. Además de cada mensaje los miércoles en la noche con las instrucciones para vestirme al día siguiente, de pronto recibía mensajes en los cuales me decía en qué bar o restaurante estaba y yo debía llegar a ese lugar para que tuviéramos sexo en el baño. Después del rapidín en el baño, él regresaba con sus amigos y yo me marchaba del lugar sin ser vista.

El sexo era maravilloso. El juego previo era largo. Besos y caricias ardientes. Después me embarraba todo el cuerpo con aceite de bebé (eso aligera la fuerza de los golpes y calma el ardor) y, dependiendo lo que tuviera en mente, jugábamos con esposas, cuerdas, máscaras de látex, fuetes, dildos, cualquier cantidad de vibradores y juguetes sexuales, pero casi todas las veces yo estaba inmovilizada de alguna u otra manera y lo que él quisiera ejecutar sexualmente yo debía obedecer. Ser asfixiada previo a un orgasmo, aumenta la intensidad del mismo.

Nuestra palabra de emergencia era “Aguacate”. Yo no firmé contrato alguno, pero si pactamos que al momento en el cual yo gritara durante el acto sexual “Aguacate”, él debía detenerse en seco y sin objeción alguna. En el sexo No es No bajo cualquier contexto.

Fue mi verdugo y yo su sometida. Nuestra cita semanal y los rapidines en lugares públicos, me tenían vuelta loca. No éramos pareja ni estábamos enamorados. Yo sentía una profunda admiración por él, no me importaba en lo absoluto que él llevara las riendas de nuestros encuentros sexuales y la separación de nuestros mundos nos permitió jugar el papel de sádico y masoquista por varios meses. Nuestros encuentros se detuvieron debido a que él conoció a una buena chica, de la cual se enamoró profundamente a los pocos días de conocerla y caballerosamente declinó los encuentros sexuales conmigo. Sería una mentira decir que no me dolió su predilección por otra mujer, pero era mi verdugo y yo su sometida, era momento de parar, pues así lo solicitó y como siempre, debía obedecer.

Me da la impresión que el sadomasoquismo en el colectivo imaginario se piensa como sexo con violencia y quienes lo practican son considerados como perversos. Hay quienes afirman que es una patología sexual. Puede ser tan violento como uno quiera y permita, pero no son los golpes los que provocan el deseo y placer sexual, sino el juego psicológico que se genera entre dos personas al someter o ser sometido en una relación y durante un acto sexual. Es el poder y la sumisión lo que embriaga y permite entender que a través del dolor se puede experimentar un placer intenso que se convierte en toda una celebración de alcoba cada noche que el masoquista cae en manos del sádico.

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

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