Mi lado sadomasoquista Parte 1

#yoconfieso

Apenas unos cuantos años atrás, mantuve una relación por varios meses con un hombre que me abrió al mundo del sadomasoquismo. No era guapo ni millonario. Ni de cerca. Yo no era virgen. No me hizo firmar ningún contrato. No tenía un cuarto de tortura. No se enamoró de mí ni me propuso matrimonio… no fue así, pero me regaló una aventura sexual excitante que me llevó al límite…

Lo conocí en una cena, un jueves por la noche, en un restaurante cualquiera perdido en las calles de La Condesa. Una cena entre amigos y colegas. Yo no lo conocía, pero se sentó a mi lado. Me gustó su aire a “intelectual” y me cautivó su sonrisa. Comenzamos a charlar y, a los pocos minutos, sentí una atracción por él intensa. Sus palabras me atraparon. Era un hombre culto, cinéfilo, adicto a los videojuegos, con excelente sentido de humor y trabajaba como Editor en Jefe de una revista con un tiraje muy alto. Cuando sentí un poco de confianza, le comenté que yo era escritora, pero mi sueño de ser publicada todavía no llegaba. Se mostró interesado al escuchar eso, sacó su tarjeta de presentación de la cartera y me dijo:

– Mándame tus textos y veremos si convierto tu sueño en realidad.

Mi corazón brincó de la emoción. Tomé su tarjeta y la guardé en mi bolsa. La charla continuó hasta pasada la medianoche. Una plática sobre cine, libros y viajes. Cuando esperábamos nuestros coches en el valet parking, me mencionó nuevamente que le mandara mis textos a la brevedad posible.

Esa noche ni siquiera dormí tratando de ordenar mis manuscritos y eligiendo el material para mandarle al día siguiente. Ya no recuerdo siquiera que le envié, pero a los pocos días me llamó y me ofreció escribir una columna mensual para su revista. Él me dio línea editorial y colgando esa llamada, las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Por fin sería autora publicada y, además, me pagarían por escribir.

Era mi editor. Debía aceptar y acatar sus cambios en mis textos. Sentía una profunda admiración por él y comprendí esa relación amor-odio entre escritores y editores. Todo fue estrictamente profesional por un tiempo, sólo hablábamos por teléfono y nos enviábamos correos electrónicos. Yo escribía, él editaba.

Hasta que un día, me invitó a cenar. El pretexto fue festejar que en la revista de ese mes, yo había escrito el reportaje de la portada, además de mi columna mensual. Yo ya me veía ganado el premio Pulitzer (soñar es gratis).

Cuando llegué al Bistro83 en el barrio de San Ángel, él me esperaba ya en la mesa. Al verme entrar, me hizo señas con su mano, saludándome y mientras caminaba hacia él, los latidos del corazón aumentaban. Se levantó de la silla cuando llegué a la mesa, me dio un abrazo cálido y me besó casi en la comisura de mis labios. Nos sentamos y se acercó la mesera con una botella de vino y dos copas; lo sirvió y dejó la carta de platillos.

La conversación era divertida. De pronto saltaban las carcajadas y yo estaba fascinada. Pero para mí era solamente un amor platónico recordando las palabras de mi padre: “No cagues donde tienes que comer”. Pero al poco rato, él comenzó el coqueteo. Su mirada estaba clavada en mí. Parecía que solamente yo existía para él en ese momento. Me regaló halagos como escritora y como mujer. De pronto, me tomó de la mano y yo me acerqué más a él.

– Sólo dime si lo estás sintiendo tú también – preguntó mientras mi mano estaba en la suya.

Asentí con la cabeza. Sonrió. Me ruboricé. Y me besó. Una beso apasionado y, al mismo tiempo, tomó mi cuello con sus dos manos de manera delicada. Yo me perdí en ese beso. La alumna enamorada del maestro. Qué bonita historia.

Nos besamos un par de veces más y al terminar de cenar lo invité a mi departamento para continuar con la velada tan mágica. Aceptó, pagó la cuenta y salimos del Bistro83 rumbo a mi casa. En el trayecto, nos besamos en cada alto y en cada esquina, comenzaron las caricias y yo estaba embriagada con su olor.

Una vez sentados en la sala de mi departamento, comenzamos a charlar de mi supuesta vida amorosa (en ocasiones nula) y en medio de la conversación con la cual trataba de entender mi soltería, me dijo: “Si te dejas, puedo enseñarte a sentir placer a través del dolor.”

Me separé un poco de él y me sorprendió su comentario. Por un momento no supe qué hacer o decir y lo único que se me ocurrió responder fue: “En el placer no puede haber dolor”. Él sonrío y me tomó de la cara: “Confía en mí. Te propongo un trato”.

Intrigada, pregunté sobre el supuesto trato. Con calma y una seguridad atrayente, me dijo que esa misma noche no habría dolor alguno, era mi iniciación al sadomasoquismo y no debía ser violento. El trato era que si al terminar la experiencia sadomasoquista yo quería detener la relación y volver a tener un trato únicamente profesional, él lo aceptaría y respetaría. Pero si yo deseaba más sexo con él las noches que yo quisiera, debía ceder, obedecerlo y no contradecirlo.

Yo no entendía un carajo. No sabía si reír o sacarlo de mi casa, pero no sentí peligro. Además eran evidentes mi atracción y admiración por él.

Me levanté al baño y me encerré por unos cuantos minutos. Me veía en el espejo, me reía sola y me sentía muy nerviosa. Era un hecho que quería acostarme con él, lo deseaba con todo el cuerpo, pero el sadomasoquismo era algo desconocido para mí y no sabía si aceptar el trato. Salí del baño, él estaba parado en el balcón, tomando un poco de vino y fumándose un cigarrillo. Salí, me paré a su lado y murmuré en su oído: “Haz conmigo lo que quieras.”

Dejó la copa en la mesita de mi balcón, apagó el cigarrillo tirándolo al suelo y pisándolo. Me tomó por la cintura, me puso en contra de la pared y comenzó a besarme con pasión, su lengua con la mía jugaban y se entrelazaban. Me sujetó las manos y las puso arriba de mi cabeza, realmente yo no podía moverme, me tenía en contra de la pared, con las manos atadas a las suyas y me besó en la boca, en la cara, en el cuello… Se separó de mí tras un largo rato besándome, me tomó de la mano y me llevó a mi recámara.

Al entrar, sólo me dijo:

– Necesito una mascada y tu Ipod con audífonos.

Me excité un poco al ver esa seguridad en él para imponer. Saqué una mascada del cajón de mi clóset y fui a la sala por mi Ipod. Regresé a mi recámara. Se paró detrás de mí y me tapó los ojos con la mascada. Me sentó en la cama y me dijo:

– Te voy a poner música a un volumen alto y después de eso, sólo acuéstate en la cama y confía en mí. No debes hacer nada, ni moverte, sólo confía en mí.

Obedecí y un tanto temerosa, con la respiración entrecortada, me tumbé en la cama, con los ojos tapados y escuchando música. Jamás pensé que algo como el sadomasoquismo iniciara con algo tan sencillo, pero no tenía ni idea de lo que me esperaba al haberle dicho: “Haz conmigo lo que quieras.”

… continuará…

 

 

 

 

 

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

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