Mi lado sadomasoquista

#yoconfieso

Apenas unos cuantos años atrás, mantuve una relación por varios meses con un hombre que me abrió al mundo del sadomasoquismo. No era guapo ni millonario. Ni de cerca. Yo no era virgen. No me hizo firmar ningún contrato. No tenía un cuarto de tortura. No se enamoró de mí ni me propuso matrimonio… No fue así, pero me regaló una aventura sexual excitante que me llevó al límite…

Lo conocí en una cena, un jueves por la noche, en un restaurante cualquiera perdido en las calles de la Condesa. Una cena entre amigos y colegas. Yo no lo conocía, pero se sentó a mi lado. Me gustó su aire a “intelectual” y me cautivó su sonrisa. Comenzamos a charlar y, a los pocos minutos, sentí una atracción por él intensa. Sus palabras me atraparon. Era un hombre culto, cinéfilo, adicto a los videojuegos, con excelente sentido de humor y trabajaba como Editor en Jefe de una revista con un tiraje muy alto. Cuando sentí un poco de confianza, le comenté que yo era escritora, pero mi sueño de ser publicada todavía no llegaba. Se mostró interesado al escuchar eso, sacó su tarjeta de presentación de la cartera y me dijo:

– Mándame tus textos y veremos si convierto tu sueño en realidad.

Mi corazón brincó de la emoción. Tomé su tarjeta y la guardé en mi bolsa. La charla continuó hasta pasada la medianoche. Una plática sobre cine, libros y viajes. Cuando esperábamos nuestros coches en el valet parking, me mencionó nuevamente que le mandara mis textos a la brevedad posible.

Esa noche ni siquiera dormí tratando de ordenar mis manuscritos y eligiendo el material para mandarle al día siguiente. Ya no recuerdo siquiera que le envié, pero a los pocos días me llamó y me ofreció escribir una columna mensual para su revista. Él me dio línea editorial y colgando esa llamada, las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Por fin sería autora publicada y, además, me pagarían por escribir.

Era mi editor. Debía aceptar y acatar sus cambios en mis textos. Sentía una profunda admiración por él y comprendí esa relación amor-odio entre escritores y editores. Todo fue estrictamente profesional por un tiempo, sólo hablábamos por teléfono y nos enviábamos correos electrónicos. Yo escribía, él editaba.

Hasta que un día, me invitó a cenar. El pretexto fue festejar que en la revista de ese mes, yo había escrito el reportaje de la portada, además de mi columna mensual. Yo ya me veía ganado el premio Pulitzer (soñar es gratis).

Cuando llegué al Bistro83 en el barrio de San Ángel, él me esperaba ya en la mesa. Al verme entrar, me hizo señas con su mano, saludándome y mientras caminaba hacia él, los latidos del corazón aumentaban. Se levantó de la silla cuando llegué a la mesa, me dio un abrazo cálido y me besó casi en la comisura de mis labios. Nos sentamos y se acercó la mesera con una botella de vino y dos copas; lo sirvió y dejó la carta de platillos.

La conversación era divertida. De pronto saltaban las carcajadas y yo estaba fascinada. Pero para mí era solamente un amor platónico recordando las palabras de mi padre: “No cagues donde tienes que comer”. Pero al poco rato, él comenzó el coqueteo. Su mirada estaba clavada en mí. Parecía que solamente yo existía para él en ese momento. Me regaló halagos como escritora y como mujer. De pronto, me tomó de la mano y yo me acerqué más a él.

– Sólo dime si lo estás sintiendo tú también – preguntó mientras mi mano estaba en la suya.

Asentí con la cabeza. Sonrió. Me ruboricé. Y me besó. Una beso apasionado y, al mismo tiempo, tomó mi cuello con sus dos manos de manera delicada. Yo me perdí en ese beso. La alumna enamorada del maestro. Qué bonita historia.

Nos besamos un par de veces más y al terminar de cenar lo invité a mi departamento para continuar con la velada tan mágica. Aceptó, pagó la cuenta y salimos del Bistro83 rumbo a mi casa. En el trayecto, nos besamos en cada alto y en cada esquina, comenzaron las caricias y yo estaba embriagada con su olor.

Una vez sentados en la sala de mi departamento, comenzamos a charlar de mi supuesta vida amorosa (en ocasiones nula) y en medio de la conversación con la cual trataba de entender mi soltería, me dijo: “Si te dejas, puedo enseñarte a sentir placer a través del dolor.”

Me separé un poco de él y me sorprendió su comentario. Por un momento no supe qué hacer o decir y lo único que se me ocurrió responder fue: “En el placer no puede haber dolor”. Él sonrío y me tomó de la cara: “Confía en mí. Te propongo un trato”.

Intrigada, pregunté sobre el supuesto trato. Con calma y una seguridad atrayente, me dijo que esa misma noche no habría dolor alguno, era mi iniciación al sadomasoquismo y no debía ser violento. El trato era que si al terminar la experiencia sadomasoquista yo quería detener la relación y volver a tener un trato únicamente profesional, él lo aceptaría y respetaría. Pero si yo deseaba más sexo con él las noches que yo quisiera, debía ceder, obedecerlo y no contradecirlo.

Yo no entendía un carajo. No sabía si reír o sacarlo de mi casa, pero no sentí peligro. Además eran evidentes mi atracción y admiración por él.

Me levanté al baño y me encerré por unos cuantos minutos. Me veía en el espejo, me reía sola y me sentía muy nerviosa. Era un hecho que quería acostarme con él, lo deseaba con todo el cuerpo, pero el sadomasoquismo era algo desconocido para mí y no sabía si aceptar el trato. Salí del baño, él estaba parado en el balcón, tomando un poco de vino y fumándose un cigarrillo. Salí, me paré a su lado y murmuré en su oído: “Haz conmigo lo que quieras.”

Dejó la copa en la mesita de mi balcón, apagó el cigarrillo tirándolo al suelo y pisándolo. Me tomó por la cintura, me puso en contra de la pared y comenzó a besarme con pasión, su lengua con la mía jugaban y se entrelazaban. Me sujetó las manos y las puso arriba de mi cabeza, realmente yo no podía moverme, me tenía en contra de la pared, con las manos atadas a las suyas y me besó en la boca, en la cara, en el cuello… Se separó de mí tras un largo rato besándome, me tomó de la mano y me llevó a mi recámara.

Al entrar, sólo me dijo:

– Necesito una mascada y tu Ipod con audífonos.

Me excité un poco al ver esa seguridad en él para imponer. Saqué una mascada del cajón de mi clóset y fui a la sala por mi Ipod. Regresé a mi recámara. Se paró detrás de mí y me tapó los ojos con la mascada. Me sentó en la cama y me dijo:

– Te voy a poner música a un volumen alto y después de eso, sólo acuéstate en la cama y confía en mí. No debes hacer nada, ni moverte, sólo confía en mí.

Obedecí y un tanto temerosa, con la respiración entrecortada, me tumbé en la cama, con los ojos tapados y escuchando música. Jamás pensé que algo como el sadomasoquismo iniciara con algo tan sencillo, pero no tenía ni idea de lo que me esperaba al haberle dicho: “Haz conmigo lo que quieras.”

Con los ojos cubiertos por una mascada y con audífonos en mis orejas escuchando música a un volumen alto, fue mi iniciación al sadomasoquismo. Aquella primera vez no fue violenta, no me dieron latigazos ni me esposaron a la cama. Esa primera experiencia me hizo comprender que el sadomasoquismo es un mundo que se debe explorar al menos una vez en la vida.

La primera noche que jugué el papel de masoquista, resultó ser una experiencia desbordantemente placentera. Cuando cancelas sentidos de tu cuerpo, en este caso la vista y el oído, el placer que genera el tacto se incrementa de forma exponencial. Me besaron todo el cuerpo, lamieron cada pliegue de piel, me acariciaron y me provocaron un par de orgasmos. Yo sólo estaba acostada en mi cama, con una mascada tapando los ojos, escuchando mi música favorita y el pacto era que no debía moverme o utilizar mis manos. Todo el placer lo recibí yo. No hice nada en la cama aquella noche. Fui sometida y no tuve queja alguna. Él ni siquiera me penetró. Solamente hizo con mi cuerpo lo que quiso por un largo rato y en ningún momento fue violento. Tras esa maravillosa experiencia, le dije que cuantas veces quisiera jugar el papel de sádico conmigo, yo confiaría ciegamente en él. Se marchó de mi departamento a la mañana siguiente, pero antes acordamos que nos veríamos cada jueves para que me develara el mundo del sadomasoquismo.

Seguía escribiendo para su revista, él continuaba editando mi columna. En nuestra relación profesional ni siquiera cambiamos el tono de las llamadas y los correos. En el mundo real también era mi jefe y eso aumentaba su poder.

Yo ansiaba los jueves. Él solamente escribía un mensaje la noche anterior con el cual me decía cómo debía ir vestida para nuestro encuentro. Desde ese momento comenzaba el juego entre nosotros. Yo corría todo el jueves en centros comerciales para comprarme la ropa y vestirme tal cual me lo había pedido. Gracias a él, mis demás amantes gozan hoy en día de cualquier cantidad de vestidos, lencería sexy en todos los colores, medias de red, ligueros y tacones de aguja.

Cuando llegaba a su departamento me servía una copa de vino y yo me tiraba en su diván. Él tomaba una silla y simplemente sentado a mi lado, comenzaba la manipulación. Con mucha calma y voz seductora, me explicaba todo lo que iba a hacer conmigo una vez que me quitara (cuando él quisiera) toda la ropa, y a mí me excitaba simplemente escucharlo sin saber nunca hasta donde íbamos a llegar.

Jugamos con cera caliente y hielos. Cuando dejan caer en tu piel cera caliente, la sensación es intensa, pero si luego te la quitan con un hielo y lamen la parte que recibió la cera caliente, el placer es inaudito. La piel está muy sensible y que la recorran así con la lengua, te pone la piel de gallina.

Poco a poco, el nivel de sumisión se acrecentaba. Tanto dentro, como fuera de la cama. Además de cada mensaje los miércoles en la noche con las instrucciones para vestirme al día siguiente, de pronto recibía mensajes en los cuales me decía en qué bar o restaurante estaba y yo debía llegar a ese lugar para que tuviéramos sexo en el baño. Después del rapidín en el baño, él regresaba con sus amigos y yo me marchaba del lugar sin ser vista.

El sexo era maravilloso. El juego previo era largo. Besos y caricias ardientes. Después me embarraba todo el cuerpo con aceite de bebé (eso aligera la fuerza de los golpes y calma el ardor) y, dependiendo lo que tuviera en mente, jugábamos con esposas, cuerdas, máscaras de látex, fuetes, dildos, cualquier cantidad de vibradores y juguetes sexuales, pero casi todas las veces yo estaba inmovilizada de alguna u otra manera y lo que él quisiera ejecutar sexualmente yo debía obedecer. Ser asfixiada previo a un orgasmo, aumenta la intensidad del mismo.

Nuestra palabra de emergencia era “aguacate”. Yo no firmé contrato alguno, pero si pactamos que al momento en el cual yo gritara durante el acto sexual “aguacate”, él debía detenerse en seco y sin objeción alguna. En el sexo No es No bajo cualquier contexto.

Fue mi verdugo y yo su sometida. Nuestra cita semanal y los rapidines en lugares públicos, me tenían vuelta loca. No éramos pareja ni estábamos enamorados. Yo sentía una profunda admiración por él, no me importaba en lo absoluto que él llevara las riendas de nuestros encuentros sexuales y la separación de nuestros mundos nos permitió jugar el papel de sádico y masoquista por varios meses. Nuestros encuentros se detuvieron debido a que él conoció a una buena chica, de la cual se enamoró profundamente a los pocos días de conocerla y caballerosamente declinó los encuentros sexuales conmigo. Sería una mentira decir que no me dolió su predilección por otra mujer, pero era mi verdugo y yo su sometida, era momento de parar, pues así lo solicitó y como siempre, debía obedecer.

Me da la impresión que el sadomasoquismo en el colectivo imaginario se piensa como sexo con violencia y quienes lo practican son considerados como perversos. Hay quienes afirman que es una patología sexual. Puede ser tan violento como uno quiera y permita, pero no son los golpes los que provocan el deseo y placer sexual, sino el juego psicológico que se genera entre dos personas al someter o ser sometido en una relación y durante un acto sexual. Es el poder y la sumisión lo que embriaga y permite entender que a través del dolor se puede experimentar un placer intenso que se convierte en toda una celebración de alcoba cada noche que el masoquista cae en manos del sádico.

***

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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