Juego de paletas

Talento emergente de Terror

Era un día radiante en el pueblo de Multa; el sol era tan fuerte que ayudaba a los comerciantes de raspados en su andar por las calles: todos querían refrescarse con un poco de hielo saborizado. El tañido de la campana más grande de la iglesia, avisaba que otra hora había transcurrido. En el parque central, a un costado de la iglesia, se encontraban dos niñas de escasos nueve años. Cada una sentada en un columpio.

Ambas vestían una falda color gris y suéter verde, con zapatos negros y calcetas blancas. Eran Lupita y Blanquita. Mientras se columpiaban, reían a grandes carcajadas y platicaban. Hasta que, Blanquita sacó del bolsillo en su suéter una paleta de color naranja. Un dulce llamativo, envuelto en celofán. Brillaba.
Su color hacía pretender que el sabor era a naranja, o mandarina, quizá durazno. Su textura, se veía cremosa y deliciosa, a tal punto que las niñas recordaron el sabor a durazno. Ambas amaban los dulces con sabor a durazno. Blanquita retiró la envoltura y cuando se disponía a llevársela a la boca, su amiga la interrumpió.
– ¿No la vas a compartir? – preguntó  Lupita indignada.
– No, tuve que ganármela – respondió Blanquita orgullosa.
Lupita no comprendió porque su amiga no quiso darle a probar aunque sea la paleta, cuando ellas se compartían todo, hasta los secretos: cuando las obligaba la madre de Lupita a comer verduras, se las daban a escondidas al perro que estaba echado debajo de la mesa de la cocina. Pero esto era diferente. La paleta parecía un premio… más que un simple dulce. Lupita le preguntó cómo se la había ganado.
Entonces Blanquita le respondió a su amiga que la paleta se la había obsequiado el padre José, párroco de la iglesia donde resonaban las campanas a unos metros de ellas. Le platicaba que un día antes había entrado a la iglesia buscando confesión. Había perdido un anillo de su madre y Blanquita, angustiada, pensó que era un pecado que debía confesar. Así que fue al confesionario del padre José para platicarle lo sucedido.
Sin embargo, cuando Blanquita se acercó al padre José para contarle lo ocurrido, se dio cuenta que el párroco ya sabía del extravío, pues describió con exactitud el anillo: con una piedra enorme de color azul parecida a un diamante. El padre José le comentó que “perder cosas” no es un pecado, pero le llamó la atención a Blanquita por jugar con las joyas de su madre sin permiso.
Salieron del confesionario y el padre José le dijo a Blanquita:
– Vamos al parque a caminar, me gustaría seguir conversando contigo.
Caminando por el parque, el sacerdote le mencionó a la niña que podía recuperar el anillo para ella, pero debía devolver el favor de alguna forma.
– Favor con favor se paga, Blanquita – dijo el padre. – Vamos a jugar un juego para que me pagues el favor y yo te voy a regalar una paleta deliciosa.
Blanquita aceptó sonriendo.
Entonces el padre tomó de la mano a Blanquita y la llevó a su pequeña casa situada detrás de la iglesia. Al entrar, la sentó en su cama y recorrió su cuarto caminando, pensativo. De pronto, sacó del clóset una caja de madera con relieves de plata con símbolos extraños grabados. Se acercó a Blanquita, se hincó frente a ella y puso sus manos sobre la caja. Le pidió a Blanquita que pensara en el anillo que había perdido y cerrara los ojos. Tras un par de minutos, el padre se levantó, se sentó junto a Blanquita y abrió la caja.
Ahí estaba el anillo de su madre. Aplaudió emocionada y  gritó un poco llena de júbilo. Pero cuando quiso tomar el anillo, el padre Pepe cerró de inmediato la caja.
El padre le sonrió a Blanquita y su mirada era penetrante. Esa mirada Blanquita sólo la había visto en películas de terror, pero no se inmutó porque estaba con el Padre José, estaba a salvo, podía confiar en él.
Así que el padre José, le dijo a Blanquita que aún no jugaban. La niña recordó despistada.
– ¿Luego qué pasó? ¿a qué jugaron? – preguntó Lupita.
Blanquita le dijo que no la interrumpiera y le siguió contando a su amiga la tarde con el Padre José.
El padre puso de pie a Blanquita, dejando la cama totalmente libre. De un cajón de su buró, sacó una paleta verde, una blanca y otra naranja. Las colocó en la cama, donde se ponen las almohadas, una separada de la otra. Como tres trofeos. Luego, llevó a Blanquita al pie de la cama, mirando hacia las paletas. Todas se veían deliciosas y ella quería llevarse las tres.
Entonces, el padre José comenzar a explicar:
– Lo que tienes que hacer es alcanzar la paleta que quieras. Pero no puedes tocar el piso, gatearás por la cama hasta ellas. Yo no te voy a dejar que la alcances, pero si me ganas, la paleta es tuya.
Blanquita aceptó con una sonrisa en su rostro, pensó que sería pan comido ese juego; el padre José le dejaría llevarse una paleta y sería la más deliciosa; pero las cosas ocurrirían de otra forma.
Blanquita se quitó los zapatos, se subió a la cama y se hincó sobre ella. Cuando iba a lanzarse por su paleta, el padre la detuvo por las caderas, diciendo:
– Puedo detenerte de cualquier forma y no puedes mirar atrás.
Blanquita reía y las manos del padre le hacían cosquillas. Entonces con la fuerza de sus brazos, acercó sus muslos a los suyos. Blanquita sintió un hormigueo en la panza que la obligaba a reír, mientras estiraba sus manos para alcanzar una paleta.
El padre comenzó a mover su pelvis hacía adelante, empujando todo el cuerpo de Blanquita. Las manos del sacerdote apretaban las nalgas de Blanquita, pero ella no se sintió incómoda, creía que le estaban haciendo cosquillas y se reía. Las manos del padre ya no se sentían como manos, eran garras, garras que en cualquier momento podrían herir a Blanquita.
Entonces él levantó su falda y bajó sus bragas hasta las rodillas de un solo movimiento. Blanquita, se sintió indefensa, pero algo le decía que no tenía que temer, era un juego con el padre José, ¿que podría estar mal?
El hombre se bajó los pantalones, desabrochando su cinturón, retiró sus calzoncillos de color blanco y acercó su sexo al de Blanquita.
Cuando penetró a la niña, él le dijo:
– Tienes que ganarme, alcanza tu paleta, Blanquita.
La niña estiraba las manos y el padre la regresaba de las caderas, clavando levemente sus garras en las nalgas de Blanquita, haciendo que la penetración para él fuera más satisfactoria. Blanquita sentía algo grande y largo adentro de ella, entre cosquillas y dolor. Por un momento, se olvidó del mundo, de las tareas, de la paleta… mientras esa cosa enorme entraba a su cuerpo.
– ¿Luego que pasó? – dijo Lupita.
– Sólo le devolví el favor al padre – sonrió Blanquita.
El padre comenzó a temblar cuando Blanquita ya tenía dolor entre las piernas, pero al mismo tiempo, una sensación placentera le llenaba el cuerpo. De pronto, sus manos se soltaron de las nalgas de la niña y ella pudo alcanzar su paleta. De inmediato el padre José se acercó a su cara y Blanquita contempló algo que describió después como un gusano muy feo escupiéndole un líquido blanco de olor desagradable que le derramó en el rostro.
El padre se subió los calzoncillos y pantalón y le subió el calzón a la niña.
Él limpió sus fluidos con un paño del rostro de Blanquita. Dejó que tomara su paleta y el anillo de su madre. La abrazó y le dijo que podían jugar cuando ella quisiera.
– ¡No puede ser!  – interrumpió Lupita.
– Fue difícil, pero sí pude ganarle – agregó Blanquita, mientras le daba una lamida a su paleta.
– No, no puede ser. A mí sólo me dio caramelos – Lupita sacó de su bolso cuatro caramelos de diferentes colores. – Tendré que ganarle una paleta.
Desde la puerta de la iglesia, el padre José las observaba en los columpios con atención mientras los feligreses salían. Sonreía, devolviendo el saludo a las personas que le decían: “Buenas tardes, Padre José. Dios lo bendiga.”

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

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