Cuando tu sueño de casarte se convierte en pesadilla. Parte 1

#yoconfieso

Al cumplir 27 años, pensé que lo había logrado todo en la vida. Estaba por casarme con un buen hombre de 1.95 de altura con 140 kilos; era un gran protector, caballero, espléndido y cariñoso. El hombre ideal.

Justo al año de ser novios, me entregó de manera muy romántica mi anillo de compromiso con un diamante de quilate y medio y me invitó a Italia para escoger y comprar mi vestido de novia. Era el “sueño”: boda, marido, casa, hijos, perro y camioneta. Desde que recuerdo, y según mi educación, todo eso era lo que debía lograr en la vida. Ya lo tenía. El único problema era que él vivía en Mérida y yo en la CDMX. Busqué que la empresa en la cual laboraba me transfiriera a esa ciudad y dejé todo por él, todo… había encontrado al “príncipe azul” que, sin saberlo, sería mi propio verdugo.

Un mes antes de casarnos, me operaron de emergencia de apendicitis y la cirugía me provocó vértigo. Me sentía tan de la mierda que cuando hice la maleta para mi Luna de Miel, empaqué nada más pijamas, yo sólo quería dormir y descansar.

Cuando llegamos a Ixtapa a disfrutar de nuestra Luna de Miel, al abrir mi maleta, yo, entre risas, le dije que era necesario que fuéramos a comprar por lo menos un traje de baño y ese incidente rompió mi burbuja.

– Pero, ¿cómo? ¿No traes ropa? Estás bien pinche pendeja, sólo a ti te pasa eso.

Me congeló su respuesta, sentí un escalofrío que recorrió toda mi espalda, pero no supe qué responder, de hecho creo que me reí cuando me la dijo.

Regresando de la Luna de Miel, llegamos a Mérida a vivir a su departamento de soltero.

– Si no quieres vivir en mi departamento de soltero, busca tú la casa, y no me estés jodiendo, al fin que tú eres la que dice que aquí no cabemos. Y si quieres sirvienta, la vas a pagar tú porque supuestamente tú deberías hacer lo que hace la gata.

Sorprendida y asustada, comencé a ver día tras día que el hombre con el cual yo creí casarme no era el que tenía frente a mí. No fallaban sus comentarios acerca de mi peso. Me hacía sentir fea y gorda… no se cansaba de pendejearme y hacer chistes pesados acerca de mí en medio de eventos familiares o con amigos. Su abuso psicológico comenzaba a cancelarme como ser humano, sin saberlo.

Con tantos meses de abuso verbal y psicológico, comencé a tomar Valium para poder dormir. Era frecuente, además, que tuviera pesadillas, debido a que años atrás, mi hermano fue asesinado a balazos. Cuando despertaba envuelta en sudor y gritos, lo único que él decía era:

-¡Pinche vieja loca! Tú y tus putos balazos, ya duérmete y déjame dormir, ¡carajo!

Justo al año de casados, mis padres nos visitaron en Mérida. Mi papá se percató de mi situación marital y quería que regresara a la CDMX con ellos, me rogó, con lágrimas en los ojos, que lo hiciera, pero mi madre no quiso recibirme de vuelta en su casa, ella creía que todo lo que estaba sucediendo en mi matrimonio no era cierto.

El 14 de mayo de 1999, organicé un evento masivo de mi trabajo y casualmente ese día era mi cumpleaños. El evento fue todo un éxito y cuando llegaron los Mariachis, mi jefe tomó el micrófono para felicitarme tanto por el evento, como por mi cumpleaños. Me dio un gran abrazo y recibí fuertes aplausos por parte de todos los asistentes.

Él se enceló, se emborrachó y llegando a la casa, tras cerrar la puerta, se me fue a golpes: ese hombre de 1.95 con 140 kilos y que creía sería mi protector para toda la vida, sin miedo a matar, se tiró a golpes. Con el puño cerrado me pegó en la quijada, y al caer en el piso, comenzó a patearme y con gritos e insultos, me dio una terrible golpiza.

Me dejó tirada en el piso y cuando pude incorporarme, salí de mi casa corriendo y pasé la noche en un hotel de paso, sola, herida, sin entender qué había pasado, con sangre seca en la cara, moretones en todo el cuerpo y un terrible dolor en las costillas y la espalda. Al día siguiente, regresé a la casa dispuesta a dejarlo, pero en cuanto llegué, se me abalanzó llorando. De rodillas, ahogado en llanto, me pidió perdón, me suplicó que no lo dejara y juró que jamás me pondría una mano encima. Nunca más.

Mi autoestima estaba hecha pedazos y sin saber realmente cómo, me conseguí un amante. Él también estaba casado y era una situación que me confundía. Por un lado, soportaba diariamente insultos, gritos, abuso psicológico y emocional por parte de mi marido, pero cuando estaba con mi amante, se desbordaba en halagos y cumplidos, era un hombre atento y tierno, pero eso jodía más mi cabeza. No entendía porqué mi marido, el que supuestamente debía amarme y protegerme, me trataba como basura y mi amante andaba vuelto loco y cuando estábamos juntos, todo era risa y amor.

Tras nueve meses de la primera golpiza, después de cenar con unos amigos en nuestra casa, comenzamos a pelear por cualquier estupidez y corriendo me fui de la sala y me encerré en la recámara. Él solamente se quedó tomando en la sala. Al día siguiente, todavía borracho, a patadas tiró la puerta de la recámara. Estaba aterrada, quería tomar una lámpara de pewter para defenderme pero no lo logré. Entró y comenzó a golpearme nuevamente con el puño cerrado, me jaló del pelo, me tiró de la cama al piso y me volvió a patear.

Después de la segunda golpiza, salí como pude de esa recámara y huí temerosa, confundida y hecha trizas. Con el apoyo de mi prima y su esposo, regresamos a la casa y con una patrulla y un par de judiciales lo sacamos de ahí. Contacté a un abogado y decidí tramitar un divorcio de común acuerdo, solamente administrativo, pues no había hijos ni bienes materiales. La condición que él impuso para firmar el acta de divorcio era que pudiera llevarse sus muebles, pero el día que llegó con el camión de mudanza, me vació la casa, hasta el papel de baño se llevó. Me dejó con nada. También terminé la relación con mi amante.

No denuncié la violencia que estaba viviendo y tras divorciarme en cuestión de dos semanas, se emitió una orden de restricción para mi ahora ex-marido y durante los seis meses que me quedé viviendo sola en Mérida, una patrulla estaba afuera de mi casa todo el tiempo, él no podía acercarse y cuando me percaté que ya no tenía nada qué hacer en Mérida, regresé a la CDMX a iniciar una nueva vida.

… continuará…

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

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