El día que dobleteé en Nueva York

Una aventura de nuestra #reinamaeve

En unas semanas iría a Nueva York y la cosquillita de la aventura me empezó a picar. Estaba programada una semana intensa de trabajo, pero los dos últimos días tendría tiempo libre en esa ciudad, un monstruo urbano: a melting pot de diversidad étnica. Había estado ahí varias veces, así que necesidades turísticas no tendría. Más bien me sentía sexy, libre y con ganas de explorar. Una posibilidad era resucitar una vieja historia (que quieren, me gusta el reciclaje) y, afortunadamente, me topé con un amigo que está totalmente en contra del reciclaje.

—Tinder funciona en siete días, es cuestión de ir directa al objetivo— me dijo sonando como quien discute de negocios.

—Tienes razón, sólo que no sé si encuentre a alguien que realmente me guste en siete días— respondí.

—En realidad lo que te conviene es encontrar a alguien que no te guste demasiado. Así aplicas el ‘I’ll get you… But I won’t keep you long’. Lo dijo Shakespeare, ¿eh?

—Es que soy muy quisquillosa—dije tratando de contradecir.

—O muy romanticona—me sentenció.

‘Fuck you!’ Me quedé pensando en silencio.

Al final, con la asesoría de este amigo y otra amiga –expertos en dating apps– reactivé mi perfil de Tinder. El mensaje era claro; un par de fotos sexys y el fragmento de una canción.

Let’s dance little stranger

Show me secret sins

Love can be like bondage

Seduce me once again.

Aquí vamos de nuevo. Swipe left, swipe right. No dediqué mucho tiempo a Tinder, también tenía que trabajar. Lo importante es tener pocas expectativas y estar preparada para el fracaso. Así, cualquier cosa que pase en la vida, te sorprenderá. Empezaron las presentaciones habituales: “¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Cómo va tu día?” (quisiera que la gente fuera más original para escribir mensajes iniciales). Finalmente llegó uno con mejores ideas.

—¡Hola! Te propongo un juego.

—Me encantan los juegos—respondí coqueta.

El juego consistía en hacernos tres preguntas, y luego a partir de las respuestas, decidiríamos si nos encontrábamos o no. Me pareció algo práctico y productivo. Tres preguntas por dos, igual a seis respuestas. No voy a entrar en detalles porque no vale la pena, con seguridad respondí algo disparatado e hilarante. Al final decidimos encontrarnos. Pequeño detalle, él aún no estaba en Nueva York, sino en Londres. Muchacho previsor, me imagino que ambos somos aficionados al turismo sexual. Quedamos de vernos para cenar y beber unos tragos el día de su llegada (día antes de mi partida). ¡Wow! Y esto pasó en el primer día de mi estancia. Seguimos conversando y descubrí que teníamos muchas cosas en común, nivel de educación similar, interés en la fotografía y en las cosas ñoñas de la vida. Tal vez se quiso ver seductor, pues me preguntó que cuáles eran mis deseos y expectativas sobre nuestro encuentro. Yo fui sincera, le dije que deseaba una buena conversación, sexo y un amante talentoso, nada más. Me aseguró que sabía como tratar a una mujer, y yo le creí.

En el inter, escaneé otros perfiles; nada fuera de lo común. En Tinder siempre hay aquellos perfiles en que los sujetos no ponen foto de su cara y sí muchas frases con palabras sugestivas. Yo –curiosa y temeraria– a veces les doy like. Lo bueno de estas dating apps es que dar un like no te obliga a nada. Encontré un perfil que me llamó la atención, decía algo así: ‘swipe right if you can keep with three hours lovemaking sessions, left if you can’t’. Evalué racionalmente la instrucción, pues sí me gusta la larga duración, y de esos no se encuentran tan fácilmente, okay, le voy a dar like. (Siempre hay que ser honesta con una misma).

Bien dicen: la ociosidad es la madre de los vicios. Estaba en medio de uno de esos momentos, esperando un tren que estaba tardando en llegar. Abrí Tinder para ver que había de nuevo. Mis días de intenso trabajo habían pasado, estaba a un día de encontrarme con el londinense y a dos de mi partida. Vi que Mr. Three hours lovemaking sessions me escribió: ‘Hello!’. Yo soy una persona naturalmente cortés, así que respondí ‘Hello’ (educada, como mi mamá me enseñó). Me dio gracias por el like y me preguntó que qué era lo que estaba buscando (pregunta clásica del Tinder). Respondí la verdad, siempre es mejor la verdad. Le dije que me había llamado la atención las tres horas de sexo nonstopping. Me pidió un encuentro y me tentó, pero no impidió que fuera un poco mamona. Ya tenía un pájaro en mano.

—Sí, pero sólo tengo tiempo mañana después de las 3 p.m. y máximo hasta las 7 p.m.—escribí despreocupada.

—Está bien, yo me adapto.

¿De cuándo acá organizar dos citas en un mismo día era tan fácil? Viendo que la cosa iba en serio, decidí que tal vez era prudente primero pedir una foto de cara, no vaya a ser que… Ya saben, una tiene sus límites en aquello de los gustos y deseos. La foto llegó y estaba bien, nada espectacular, ni nada deprimente. Recordé otra frase célebre “la que escoge, no coge”. No hay que ser tan exigente.

Al otro día, el panorama se vislumbraba de la siguiente forma: lunch con una amiga, cita con un hombre con una promesa de tres horas de sexo, intermezzo, cita por la noche con el hombre londinense. Iba a ser mi último día completo en Nueva York, había que aprovechar. Almorcé con mi amiga y para variar se me hizo tarde, muy tarde, y dejé esperando una hora al hombre que me retó a un maratón de sexo. Cuando llegué a su departamento, abrió la puerta y estaba solo envuelto en una toalla. Léase, me recibió sin ropa. Me sobresaltó, entendí que lo de las tres horas de sexo era en serio, pero ¿había necesidad de recibirme en toalla? Y sin embargo, la sensación de no saber que sucedería –o sí saberlo– era un gran afrodisíaco mental y no tenía idea de lo que me esperaba.

Tras recibirme casi desnudo, conversamos cinco minutos, nada más por aquello de tratar de romper el hielo. Si les soy sincera, nunca imaginé que pudiera atreverme a hacer algo así, una cita tipo booty call. Algunas amigas me habían contado que no era big deal y que siempre hay una primera vez. Durante la breve charla, me tomó una mano y empezó a acariciarla. Luego me besó; era extraño besarlo apasionadamente (repito, sólo hablé con él cinco minutos). No pasó mucho tiempo para que empezara a subir la temperatura de nuestro encuentro. Lo dejé que explorara mi mapa corporal, que se acostumbrara a mis olores. Yo me concentré en mí, mi cuerpo, mis sensaciones. Me pasa que en algunos encuentros no muestro mucha iniciativa, dejo que me hagan cosas. Éste fue unos de ellos.

Confieso que los orgasmos en compañía no me suceden con frecuencia, la petit morte me llega a menudo en mi soledad. Y está bien, el mejor amor es el auto-amor. Tal vez por eso luego prefiero en la cama solamente concentrarme en mí, en que me hagan cosas y yo no hacer mucho. Hice bien. Este hombre hacía que mi cuerpo respondiera de forma exuberante. Era como si mi cuerpo se dejara llevar por algo de lo que no eres muy consciente, respondía y no sabía bien a qué respondía. Veinte minutos después de estar entrados en la acción tuve mi primera explosión de placer. ¡Inaudito! ¡Dedos así no se encuentran tan fácilmente!

Poco a poco me di cuenta que el señor sabía lo que hacía y que la promesa de tres horas de sexo no era publicidad engañosa. La destreza estaba en la mano, en la lengua y en su pene. Además, me trataba como actriz porno, todo muy visual, muchos cambios de posiciones y frases sucias. Pensé que debía saber bailar, le pregunté y me dijo que sí. “Tal vez no me he acostado con muchos hombres que sepan bailar, qué desperdicio”, pensé. No puedo describir a detalle cómo la pasé; pero la pasé muy bien. No fueron tres horas pero sí dos horas y media. No está mal. Eso me pasa por llegar tarde.

Él se tenía que ir y yo en realidad también (a la siguiente cita). Al despedirse me preguntó:

—¿No te gusta besar mucho, no?

—Sí, lo que pasa es que…— dije tímidamente.

—¿Necesitas conexión emocional?— dijo tratando de ayudar a mi expresión.

—Sí.

—Qué lástima que no podemos vernos más veces. Si tienes tiempo mañana pasa de nuevo a verme— dijo de forma casual.

Sonaba tentador y también excesivo. Dije que lo pensaría, sin pensarlo mucho. Regresé a mi hotel, me bañé, me cambié de ropa. Estaba limpia y renovada para la siguiente cita. Me quedé pensando en lo sorpresivo e excitante de mi primer encuentro, y también curiosa de mi siguiente encuentro. Mandé mensajes chismosos a un par de amigas, intercambiamos risas, y partí.

El londinense y yo nos quedamos de ver en un restaurante en Tribeca a las 9 p.m. Llegué puntual y él también. El lugar era pequeño, íntimo, un poco hipster. Yo pedí una pechuga de pato marinada y rostizada que estaba cocinada al punto (soy una golosa hasta en la comida). La charla se fue dando naturalmente, el vino ayudó, pero no fue decisivo para el click; los dos teníamos claras tendencias intelectuales, eso ayudó más. Ya entrados en el postre, me tomaba de la mano y me miraba fijamente de forma seductora. Había seguido la receta de la clásica glossy magazine para la cita perfecta. Love is in the air.

Me invitó a su hotel, yo acepté. No titubeé porque mi mente sabía que me iba a coger a dos hombres en un día. Suena a lujuria, pero me temo que estas historias pueden ser más comunes de lo que parecen. En mi caso, ni planeándolo me hubiera pasado, fue más como el caso de la ‘tormenta perfecta’.

Existe la idea romántica que el mejor sexo para una mujer es donde hay una conexión emocional y/o intelectual. Temo decepcionarlos, pero en este caso no se cumplió la expectativa. El sexo no fue malo, pero no tuvo la fogosidad del primer encuentro y eso que sí puse mucho de mi parte. Yo no me vine (as usual), pero mi lúbrico juego manual y oral lo hizo venirse a él. Good girl. Aclaro que dije que el sexo no fue malo porque cubrió todas sus cuotas, pero el londinense no tenía lo que el hombre que regala tres horas de placer: impecable destreza manual, una formidable lengua vibradora, y un ritmo cadencioso en la penetración. (O sea al final sí existen güeyes que cogen mejor, sorry not sorry).

Me quedé con la siguiente duda, ¿será que la diferencia era técnica? También pudiera ser que en mi primer encuentro agoté mi libido, y que cuando llegué con el hombre londinense, mi cachondez se hubiese hallado en niveles ínfimos… Y que finalmente, todo eso fuese una conspiración para que dejase de creer en el romanticismo.

Al londinense sí lo besé apasionadamente, muchas, muchas veces. Dejé que me abrazara durante la noche y todavía al amanecer, me gustaba como olía. Salimos juntos de su hotel, nos subimos al metro y todavía seguimos conversando amenamente por algunas estaciones. Me preguntó si nos volveríamos a ver, yo le dije que siempre dejaba esas cosas a los designios del destino. Nos despedimos.

Llegué a mi hotel, encendí un cigarrillo y me quedé pensando en lo que había pasado en menos de 24 hrs. No me la creía. Ese mismo día, al final de la tarde, regresaría a la Ciudad de México. Mientras acomodaba ropa en mi maleta el hombre que me regaló varios orgasmos me mandó un WhatsApp. Me preguntó si tendría tiempo de verlo de nuevo. Pensé que sería una exageración verlo de nuevo. Y sin embargo, tenía la duda si volvería a sentir lo que sentí la tarde anterior, en oposición a lo que no sentí la noche anterior. Acabé de empacar y ya no tenía nada que hacer, me decidí a ir.

—¿Te parece muy loco si sólo voy una hora?—escribí para tantear terreno.

—Sería maravilloso, ven.

Y fui.

No hubo recibimiento en toalla, estaba vestido. Decidí desinhibirme y besarlo con más enjundia. Creo que lo sorprendí y eso lo calentó más. Había que aprovechar esa hora, así que no conversamos nada. Cogimos igual o mejor que el día anterior. Dedo, boca, pene; pene, boca y dedo; más pene, más boca y más dedo. Me dejé ir de nuevo y fue maravilloso, y en medio de un preciso juego manual, sentí que algo se iba a liberar y lo liberé, un chorrito, manantial de placer.

—You just squirted—me dijo.

—What?!—no cabía en mi asombro.

La cama estaba mojada y ahora resulta que cerca de los 40 años me voy dando cuenta que tengo el poder del squirt. Claramente he perdido el tiempo leyendo las glossy magazines.

Nota mental: hay que recuperar el tiempo perdido y buscar amantes que me provoquen literalmente chorrear de placer.

Sigue a Maeve en Twitter: @reinamaeve

Si te interesa contactar con Maeve, puedes enviar un correo a: maevereina@gmail.com

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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