Rosas rotas

Talento emergente de Terror

La noche parece tranquila, llueve un poco, pero es una lluvia que pega en las mejillas y refresca, te hace sentir nostálgico; las nubes cubren totalmente el cielo de un tono gris. La luz de la luna ayuda a mi andar, acompañada de elegantes farolas de luz amarillenta; el pavimento hecho con piedras que sobresalen. Camino por una calle que me recuerda a lo molesto que es pasar por aquí con el auto, brincas y brincas por las piedras pero, hoy, mi vista es preciosa.

Al pasar a un costado del parque, el cual está aquí desde que tengo memoria, no puedo evitar pensar en el día que la conocí. A la derecha de la heladería frente al parque, una señora vende rosas, tulipanes, girasoles y un sinfín de flores. Todas muy hermosas. Su mercancía, a mi gusto, es de las mejores en la ciudad. Así que… ¿Por qué no?

Ya con el ramo de rosas rojas en mano y a escasas cuadras de llegar a su morada, saco del bolsillo interior de mi saco una ánfora bañada en plata, llena de whisky y así armarme de valor.

De pie frente a su casa, me doy cuenta de cuanto ha cambiado el lugar: los árboles tienen menos ramas, como si las hubieran cortado. Al igual que las ramas, las varillas de metal en la puerta principal lucen oxidadas.

Un sonido extraño me sobresalta, del árbol sale volando un cuervo hacia el este, o eso me parece que es… a la distancia. Tomo mi ánfora una vez más y le doy un trago enorme hasta dejarla vacía.

Justo cuando mi mano se acerca a la reja para abrirla, ésta se abre… por el viento, quizá.

Una leve sonrisa me sale del rostro y me adentro en su casa. Dejo atrás la reja y camino hasta el fondo de la propiedad. A escasos veinte metros de mí, titilan dos luces verdes, intermitentes, sin un patrón fijo.

Camino. Me dirijo a la pequeña casa de dos pisos y cuatro ventanas, algo vieja y con la pintura desgastada, se pueden ver los ladrillos que la conforman.

De pronto, detengo mi andar y las luces no se apagan, una movida más y el brillante color verde semejante al de una  esmeralda, desaparece. No hay duda, son ojos. Un escalofrío me invade y de un golpe, la puerta de la casa se abre.

-Sabes que estoy aquí – susurró.

Vuelco la mirada al lugar donde están los ojos y han desaparecido. La duda me carcome, pero quiero seguir caminando. Paso por el umbral de la noche y llego a la puerta de su casa, a la zona dónde ella es reina y dueña de todo. La puerta se cierra detrás de mí lentamente. Hay luces tenues al interior de la morada, me permiten ver el camino hacia donde está ella. Entonces sigo la luz.

Me lleva a un pasillo enorme, y conforme camino sobre él, velas se prenden a los lados permitiendo mi visibilidad.

Al final, una puerta de madera y un picaporte dorado, con la mano lo giro. De primera vista puedo observar que está sentada en ese sillón viejo y desgastado, color naranja, con agujeros y rasguños por todos lados. Ella está mirando la pared, me da la espalda. Pero puedo ver sus plumas sobresalir del sillón desde mi perspectiva.

-Pasa, siéntate – escucho su voz que a la vez, suena como muchas voces.

-Preferiría quedarme de pie… Si no te molesta.

-Cómo quieras – contesta indignada.

Camino hasta el centro de la habitación y espero de pie frente a la espalda del sillón.

-¿A qué huele?- me cuestiona.

-Te traje un regalo, espero te gusten – le contesto.

Apenas pienso en mover los pies, cuando el ramo de rosas desaparecen de mi mano y las veo flotar rápidamente hasta ella. Les pierdo la vista cuando pasan del otro lado del sillón.

-Huelen bien.

Una fuerte inhalación se apodera de la habitación y las rosas caen a un lado del sillón, muertas, rotas… Podridas.

-¿Qué quieres?

-Negociar – le respondo.

-¡Yo no negocio!

-Quizá conmigo sí, nos conocemos de hace tiempo. Verte parada bajo las farolas en el parque, mirándome, mientras yo esperaba sentado y llorando con una pistola en la mano. Me sedujiste y me desnudabas con la mirada. Esa perversa mirada.

El sillón se elevó unos centímetros en el aire y giró 180 grados, hasta qué por fin pude verla a los ojos. Con esa máscara de cráneo y su indumentaria oscura, sus manos esqueléticas y con la piel desgarrada.

-¡Cuánto tiempo!- grita emocionada. -¿Esta vez vienes para quedarte?

-Si, pero con una condición.

-¿Cuál?

-¿Recuerdas la chica que conocí aquella noche? Después de que desapareciste…

-¿Qué con ella?- contesta indiferente.

-Está en coma, quiero que la despiertes.

-¿Te quedarás?

-Primero quiero verla despertar.

-¿Están juntos?

-Eso no te incumbe.

-¡Cuidado con cómo me contestas! ¡Idiota! – la casa se cimbra totalmente y la tierra tiembla al ritmo de sus gritos. – Por tu respuesta… deduzco que no lo están.

Levanta su mano esquelética y cercenada, señala a la pared y se convierte en humo. Del humo aparecen imágenes de la vida de Lucía. La vez que la felicité por graduarse en la universidad, la sonrisa que emitió su rostro al conocer a su esposo y el día que se casaron. Entre otras tantas más. Hasta el día presente, dormida en su cama en el hospital en estado de coma sin poder vivir o morir.

-Lo lamento mucho, me impresiona el amor que le tienes- dice burlona. -¿Sabes lo que implica quedarte, cierto?

-Si – contesto a lágrimas.

Ella sonríe gustosa… las imágenes desaparecen del humo.

-Entonces vamos – dice ella.

Lucía despierta del sueño comatoso, agitada y acostada en la cama; apenas puede girar su cuello, entonces nota que a un costado de la cama sobresalen plumas moviéndose de un lado a otro. Gemidos muy suaves se escuchan lo cuál la hacen incomodarse y sentir escalofríos.

Sobre mí está ella moviendo sus caderas, sus manos esqueléticas oscuras y cercenadas cubren mi boca para no decir nada, mientras gime y mira al techo llena de placer. Robándome así, mí virginidad.

Bicho

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

Un comentario en “Rosas rotas”

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