Sobreviviendo mi violación

#yoconfieso

Por primera vez desde hace diecinueve años, me atrevo a aceptar y revelar que soy una mujer víctima de violación y a mis escasos 19 años sufrí de abuso sexual. He vivido la misma cantidad de años siendo mujer y siendo una víctima. Hoy alzo la voz para contarles lo que sucedió aquella noche de junio de 1998 y que, básicamente, me jodió la vida.

Graduada con honores de la escuela y con un pie adentro en la universidad, viajé al extranjero a un curso de verano para perfeccionar mi inglés y vivir la experiencia por primera vez de viajar sola, alejada de mi familia y amigos por dos meses.

Desde el primer momento que lo tuve enfrente, sentí una atracción por él. Siendo adolescente todavía, cargada de hormonas y hambre de vida, desde el día que nos cruzamos en los pasillos de la escuela, comencé a fantasear con él. Nos convertimos en buenos amigos y salíamos juntos a pasear por la ciudad después de clases. Íbamos al cine, museos, partidos de béisbol, desfiles, conciertos, hacíamos la tarea y estudiábamos juntos. Por las noches salíamos a bailar. Todo era diversión.

Fue mi amor de verano, pero me mostraba un tanto renuente para involucrarme sexualmente con él, pues en mi país me esperaba un novio y no creía en infidelidades en aquellos días, así que solamente le coqueteaba de manera traviesa, paseaba con él por toda la ciudad y recuerdo que siempre me hacía reír. Desde los primeros días que convivimos, era notorio que también le resultaba atractiva y quería meterme a su cama.

Una noche de antro, que empezó como cualquier otra, culminó en mi violación. Yo estaba borracha y cuando me cansé de estar en el antro, pues me sentía ya un poco mal, decidí regresar al dormitorio y lo hice sola, al menos eso creía. Me subí a un taxi y jamás me percaté que él me siguió desde que salí del antro, se subió a otro taxi y llegamos juntos al dormitorio de la escuela de verano.

Cuando intentaba abrir mi cuarto, sentí un leve empujón, mi cabeza pegó con la puerta, y al voltear, lo veo. Sin más ni más, comenzó a besarme a la fuerza y aunque intenté separarme, me tenía en contra de la puerta y me besaba bruscamente. Después de besarme en contra de mi voluntad, solamente me quitó la llave de mi cuarto, abrió la puerta y sujetándome del brazo, entramos.

Me desnudó rápidamente, se quitó la ropa, me aventó a la cama y me violó por un largo rato. Cuando eyaculó adentro de mí, simplemente se acostó a mi lado y tras varios minutos, se levantó de mi cama, se vistió y salió de mi cuarto.

Mi violación no fue un acto violento como tal y fue perpetrada por un conocido. Por un hombre en el cual yo confiaba. Infinidad de veces le supliqué que se detuviera, forcejeé con él, traté de quitármelo de encima y recuerdo que las lágrimas no dejaban de rodar por mis mejillas. La penetración me causó dolor agudo, además me forzó a tener sexo anal y por falta de lubricación, me lastimó al grado de sangrar. Pero durante todo el acto sexual me silenció y sometió, buscó sólo su placer y me dijo (varias veces y con palabras distintas) que me dejara de “pendejadas” ya que yo también lo deseaba.

Cuando salió de mi cuarto, comencé a vomitar en el bote de la basura y, con náuseas, me metí a bañar y pasé un largo tiempo sentada en la regadera lidiando con llanto, confusión y vómito.

Los siguientes dos días, no salí de mi cuarto y dormí la gran parte del tiempo. El cuerpo entero me dolía, me sentía sola, alejada de mis seres queridos, me culpé de lo sucedido por mi estado de ebriedad y por haberle coqueteado a un hombre que creía era una buena persona.

El estrés post-traumático de una violación incluye sentimientos de desolación, pesadillas, ataques de pánico y cuadros de ansiedad basados en culpa y sufrimiento, pero mi mente decidió nunca lidiar con ese episodio y me auto-convencí de que todo en mi vida marchaba de maravilla.

No denuncié la violación. No le dije nada a nadie. Él se alejó de mí, nunca más salí a pasear o bailar con él durante el resto del curso, pero siempre me saludó cuando nos encontrábamos en los pasillos. Concluyó el curso y regresé a mi país. Enterré el recuerdo en mi memoria y mi vida siguió.

Sin embargo, mi vida sexual a partir de esa noche, nunca volvió a ser la misma. Mi vida sexual puede traducirse en una constante búsqueda de situaciones de riesgo y peligro. Para mí el sexo es un campo de batalla donde gana aquel que tiene más poder y fuerza bruta.

Mi violación jodió mi vida sexual y, por ende, mi vida entera. Enfrento anorgasmia y cancelación de deseo sexual aun cuando el hombre que quiere tener relaciones sexuales conmigo sea un buen tipo, me desea de manera sana y me quiere regalar placer.

Me he involucrado varias veces en relaciones sadomasoquistas jugando el papel de la sometida. Incito a los hombres a tener sexo rudo conmigo y, en ocasiones, llegar a la violencia. No es un juego de rol. Para mí el sexo no es placentero y no confío en los hombres.

Y aquella noche desencadenó en mí tantas conductas sexuales, como lo es la hipersexualidad. Meto a quien sea a mi cama por el simple hecho de poder hacerlo y ganar en el campo de batalla en el cual, una y otra vez, muero. Noche tras noche.

Se requiere mucho valor para decir como mujer que fuiste víctima de abuso sexual. Comprobar una violación es una hazaña compleja, normalmente se culpa a la mujer y los violadores continúan libres al acecho de nuevas víctimas.

Callarse no sirve de nada, de hecho hacerlo lo convierte en algo mucho más crudo y doloroso y hasta que no experimentas una violación, no es posible comprender que provoca en todo plano: emocional, sexual y social. Tu vida no vuelve a ser la misma, jamás. Y cargar ese demonio día tras día, sola y en silencio, puede aniquilarte en vida.

No sé si algún logre tener una vida sexual sana, desconozco si podré recuperar mi deseo sexual y si me será posible en algún momento sentir placer en la cama y lograr orgasmos por penetración. Lo desconozco.

Apenas unos meses atrás, después de 19 años, comencé a recibir terapia psicológica para erradicar para siempre el trauma que llevo arrastrando la mitad de mi vida y ha generado que sufra mi vida sexual, en lugar de gozarla y disfrutarla.

Cansada de sufrir mi vida sexual, decidí buscar ayuda, alzar la voz y comenzar a defenderme. Más allá de merecer una vida sexual sana, es necesario quitarle el poder a mi violador y no permitir que el recuerdo de su bajeza, me siga jodiendo la vida.

Si has sufrido de abuso sexual, es indispensable que recibas ayuda y apoyo psicológico, y si eres más valiente que yo, debes denunciarlo a las autoridades y pelear para sacar a los violadores de la calle.

Para mí fue demasiado tarde, espero, desde el fondo de mi corazón, que para ti no lo sea…

 

 

 

 

 

 

 

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

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