Miss Suspiros Parte 2

… nuestro primer caballero de armadura plateada hablando desde el corazón…

El día que conocí a Miss Suspiros

Miss Suspiros y yo después de varias semanas de chateo por Facebook Messenger, fuimos a un lugar que volvían a abrir, pasamos despacio en mi auto y a la salida se veían un par de cholos, unos hipsters y unos gays que se besaban como si estuvieran en la cocina de su casa. A ella no le latió tanto ese sitio y fuimos a otro lugar. Una cuadra antes de llegar al antro estaba el auto de mi ex, no toqué el punto, pero los fantasmas aparecen cuando menos te lo esperas.

Llegamos a un antro cerca de la fuente de las Cibeles, no hicimos fila, los de la cadena eran amigos de la rubia. Fuimos a la barra, después de tres shots me dijo “Prefiero un gin”. Yo me pedí una chela, ella se pidió su gin y me llevó a la azotea del antro. La noche parecía mañana, era la una de la madrugada, pero el cielo azul nos hacía sentir que estaba a punto de amanecer. Me llevó a un cuarto obscuro, pero no entramos; la quise besar, pero no se dejó; me habló del cielo, de las tardes y el frío de Londres; le hablé de mí, de la publicidad y mis ideas, de mi viaje a Barcelona; me habló de las fiestas y los lugares que coincidíamos, pero nunca nos vimos, tal vez porque nos teníamos que conocer en ese aeropuerto.

Después bajamos a la cabina de los DJs del lugar; ella se hizo amiga de una gorda y un panameño, yo por un momento me sentí incomodo. Pensé en irme hasta que me invitó a sentarme a su lado. Tras un rato sentados con los amigos nuevos de Miss Suspiros, me dijo que nos fuéramos en 15 minutos. En las escaleras para salir del antro, hablábamos de nada y de todo; mis ojos por momentos se clavaban en sus labios, pero sus ojos, esos ojos callaban más de lo que decía su boca. Nos fuimos, dimos un paseo alrededor de la fuente de las Cibeles. “¿No te cagan los colores de esta fuente?” “No, la verdad es que no”, le contesté. Me tomó del brazo y fuimos a jugarle bromas a los choferes de Uber. “¿Uber para Jesús?” Preguntaba ella y después yo, así lo hicimos con tres o cuatro autos, hasta que encontramos un camión enorme, ella se subió por las escaleras de la puerta y le preguntó al chofer si era Uber. Nos reímos como dos locos, la noche aún era joven, pensamos ir a otro lado, pero la llevé a mi departamento.

Ese día tuve la pésima idea de pintarlo y mi hogar estaba impresentable, aún sigo sin saber qué pasaba por mi cabeza cuando sugerí ir a mi departamento. Preparamos unos gins, pusimos a Queen y bailamos. Después de varios gins, me perdí en sus ojos, la conversación nos llevó a hablar de lo qué pasaba en su corazón. “Es complicado”, me decía. Después de tirarle un choro, ella se recostó en mi mano que tocaba su rostro, hasta que una de sus lagrimas bajó por sus mejillas para encontrarse con mis dedos. Me dolió ver a la rubia llorando, entonces entendí que esos suspiros tenían nombre, apellido y nacionalidad. Le sequé las lagrimas y le di un beso en la frente, le dije que todo iba a estar bien, que el amor es una cosa rara, que las relaciones, la distancia, el whisky malo y las drogas no era bueno mezclarlas; me dijo que era extraño, que todo era extraño. Queen dejó de sonar, ahora escuchábamos a Fleetwood Mac y entre lágrimas me contó la historia de Mr. Potato. “¿Te imaginas que cabrón es estar trabajando todo el día con el amor de tu vida sabiendo que se ha acabado para siempre?” No hice mucho, le di otro beso en la frente, quería acariciarle el alma, aunque mis verdaderas ganas estaban en probar su boca, pero ahora estaba ahí con la rubia en mi cama llorando por Mr. Potato y yo dándole besitos para acariciar su alma.

Ella se calmó, el tiempo pasó, entre risas, llantos, canciones, me dijo que su canción favorita era “Don’t stop me now” de Queen. Le puse la mía: “The Best of You” de los Foo Fighters. Bailamos, fuimos por más gins y después por más gins, hicimos chocolate en la cocina al ritmo de Grimes, la lavadora marcaba el tiempo. No hubo detalles, la rubia era oasis en ese desierto que llevaba mi apellido, a ratos me sentía en un capitulo de Diablo Guardián; a ratos pensaba en la magia de Laura Avellaneda, pero lo cierto es que ella era una rockstar de la vida.

Le besé las heridas, me preguntó que quería de ella, le dije que lo que me quisiera dar, cuando le pregunté lo mismo me dijo que nada.

Hablamos de la playa, de mi soledad, de mi trabajo, pero no hablamos de su corazón. Me dijo que era tan complicado, pensé en el Baldor, me la imaginé en la portada de ese libro y como si fuera uno de Benedetti, me dieron ganas de no dormir hasta llegar al final.

Después de otra ronda de gins, le besé algo más que las heridas, se quedó dormida dejando su mano en mi hombro. Yo la veía dormir y roncaba como una princesa, tranquila, sin prisa, después buscó su lado, y yo veía su espalda que me enseñaba la gloria.

“Ladies and gentlemen, as we start our descend, please make sure your seat backs and tray tables are in their full upright position. Make sure your seat belt is securely fastened and all carry-on luggages are stowed underneath the seat in front of you or in the overhead bins. Thank you.”

“¡Qué bonito es soñar contigo y despertar a tu lado!”, pensé mientras la veía irse con su maleta llena de sueños. Yo esperé a que todos bajaran para salir de ese avión.

Alejandro Luna

Bruselas, Bélgica

Verano de 2016.

suspiro

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s