Aullidos

Talento emergente de Terror

Probablemente nunca había experimentado tal sensación, tan extraña y rara, pero poco a poco mi interior sabía lo que pasó el día que vi aquel hombre caminar frente a mi casa… con ocho perros a su alrededor. Uno más que la noche anterior.

Nuestros vecinos, los Sánchez, siempre solían alejar a los perros y también al pobre hombre de aspecto humilde; con sombrero, barba pronunciada, vaqueros y camisa de franela ya desgastados, al igual que las botas de color marrón. Ni siquiera sé cómo lograba mantener a los que en su momento eran siete perros, de diferentes razas. Unos más grandes y altos, otros pequeños y chaparros. De todos ellos, un pitbull y un pastor alemán destacaban.

Eran bastante rudos, aunque no peleaban con otros perros, incluso a las personas no les tomaban tanta importancia, sólo caminaban junto al señor, por todo el vecindario… de aquí para allá, como si no tuvieran un rumbo fijo.

Algunas veces vi al señor buscar comida en la basura de las pollerías o carnicerías, cuando hallaba algo, se los repartía a sus perros, el parecía no comer nada en absoluto, jamás lo vi meterse algo en la boca, a menos que se tratará de un cigarrillo. Fumaba bastante, aunque recuerdo que era un señor mayor y se la pasaba tosiendo todo el tiempo… cada que conseguía algunas monedas, las gastaba en cigarrillos.

Nunca supe exactamente donde dormían él y los perros, pero la gente comentaba que los perros lo rodeaban, abrazándolo para propinarle calor. Lo único molesto (porque el señor nunca molestaba a nadie) era que cada tanto… los perros aullaban toda la noche sin dejar dormir.

Un día, el hijo menor de los Sánchez salió sin avisar de su casa y se echó a correr hasta la esquina, molesto por una discusión con sus padres, el chico parecía distraído y estaba llorando… pensando en un capricho no cumplido.

Cuando el chico iba a atravesar la calle, uno de los perros del señor, se le lanzó encima. Derribándolo, el señor lo retiro rápidamente del muchacho, el perro no parecía tener una intención de morder al chico. Cuando el chico se levantó se dio cuenta que el semáforo tenia la luz verde encendida. De no ser por el perro que lo derribó, un camión de carga lo hubiera aplastado seguro, ya que el mismo chocó metros más adelante con un árbol. El chofer explicó una falla repentina en sus frenos y fue la única maniobra que el conductor pensó para detenerse sin herir a nadie.

El chico se levantó y al darse cuenta de lo ocurrido agradeció al hombre y su perro; el hombre sólo lo miro guiñándole el ojo. Observando fijamente los ojos claros de color verde del muchacho. El hombre siguió su camino.

Abrumado y paralizado, el chico fue a casa a descansar y pensar en lo sucedido. Abrazó fuerte a sus padres sin decirles nada de lo acontecido y pasó la tarde con ellos.

Recuerdo bien esa misma noche, porque los perros aullaban fuerte y cada minuto que pasaba parecían hacerlo con más ganas, hasta que después de unas horas se callaron, pero de inmediato… un sonido tan extraño logró colmarse por todos los rincones del vecindario, que es pequeño y por las noches cualquier sonido se magnifica. Pero esa noche, por algún extraño motivo, sólo yo escuché.

Era como si los perros comieran algo, escuchaba mandíbulas aplastando carne, cercenando, separando partes de algo, con sangre cayendo sobre el pavimento y el crujir de huesos.

El sonido era un tanto perturbador, al poco rato se detuvo, unos minutos después… algo horroroso en mi interior me obligó a preguntarme por el tamaño de lo que fuera que estaban comiendo ya que, un ruido tan extraño como el que se produjo aquella noche, era algo parecido a cuando los perros y gatos regurgitan algo. Sabía en mi hórrido y escabroso interior, que algo habían regurgitado. Los perros aullaron por un rato más y el sueño se apodero de mí.

Cuando desperté, mis padres estaban afuera estupefactos, sin habla… viendo la casa de los vecinos, por la que desfilaban al menos 15 patrullas y peritos rodeando la zona de entrada de la casa. Con dificultad logré divisar las perturbadoras piezas de algo que yo sabía que eran: carne humana, sangre y huesos. Amontonados en una perfecta pirámide al pie de la puerta de los Sánchez. La señora lloraba desconsolada diciendo -Es mi hijo, no está en su cama.- El padre abrumado sólo abrazaba y trataba de consolar a su esposa.

De pronto, frente a nuestras narices, el señor de los perros pasó caminando como siempre, pero esta vez traía algo en brazos. Era el octavo perro, un cachorro. El cual me miró fijamente con ojos claros color verde, mientras el señor se alejaba por las calles con sus demás perros a su alrededor…

Bicho

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cachorro

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

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