Carta a un Bipolar – Parte 1

#yoconfieso

La primera reacción, usualmente, es sentir enojo, miedo y confusión… Esa mezcla de emociones se siente punzante en la boca del estómago, acelera tu ritmo cardíaco y provoca sudor y temblor en tus manos. De hecho, podrían aparecer unas ganas intensas de maldecir el mismo día que naciste; le cuestionas a Dios, a la vida o al universo, porqué si sólo menos del 2% de la población mundial escucha lo que un profesional en salud acaba de alertarte sobre tu cerebro, tú formas parte de las estadísticas… Mucho menos comprendes lo que estás viviendo, no imaginas lo que realmente debes aprender a manejar el resto de tu vida, ni siquiera de manera superficial. Esa puede ser tu primera reacción… En mi caso, sinceramente, no lo fue.

Cuando escuché por primera vez a un psiquiatra decirme que sufría de Trastorno Bipolar, sentir enojo y miedo no fue mi primera reacción. No lo fue ni por un breve instante. Existía un poco de confusión, agravada por estar sedada y amarrada a una cama de hospital, tras un lavado de estómago después de mi segundo intento de suicidio. Escuchar esas palabras y recibir ese diagnóstico de un grupo de psiquiatras, representó un inmenso alivio en mi vida, generando una tranquilidad que durante mucho tiempo no había experimentado. Qué enojo o miedo, qué va… Me encontraba tan aliviada, que ni siquiera presté atención a lo que dijeron los doctores durante largo rato, en el cual respondían pacientemente todas las preguntas de mis padres y mi hermana, quienes con una cara desencajada y la mirada perdida, trataban de entender qué me sucedía y me orilló a atentar contra mi vida por segunda vez. Respiraba, por fin, de manera pausada y serena, sabía que mi más grande temor en la vida era infundado. Yo no estaba loca…

Después de muchos años, en los cuales enfrenté una agotadora lucha interna desde mi adolescencia, sabía por fin que mi cerebro jugaba en mi contra. 

Las decisiones erráticas e impulsivas, los comportamientos muy inadecuados, la mente analítica, el tren de pensamiento acelerado, la mitomanía, el insomnio, las emociones exacerbadas y las adicciones tenían ya una razón de ser.

El daño colateral a quienes más quiero en la vida, me causaba mucha vergüenza y culpa… Juré, varias veces, que el final de mi propia historia de vida era recluirme en un hospital psiquiátrico.

Escuchar que sufría de un trastorno, en verdad, fue un alivio para mí, me tenía sin cuidado cuál era, pues si había algo disfuncional en mi cerebro, era completamente bienvenido; ya tenía una explicación y, además, era una explicación médica, científica y comprobada.

Sentí sosiego y algo de claridad mental… Aunque no tenía ni la más mínima idea de lo qué se me venía encima a mis escasos 27 años, pero no me enojé ni sentí miedo. Recuerdo ahora, muchos años después, ese momento como un renacimiento absoluto. Y si eres honesto, recuerda cuando te dieron tu diagnóstico; te aseguro que sentiste, aunque haya sido por un solo segundo, un momento de gloria, un momento de paz, ulteriormente a muchos momentos de caos a lo largo de los años.

Después de vivir varios días en incertidumbre esperando los resultados de los tantos análisis, electroencefalogramas y mapeos cerebrales a los cuales te sometieron, recibes el diagnóstico final y comienza la medicación.

En cuestión de semanas, se desatará ahora sí el enojo, con espada desenvainada y directo a matar, a quién sea. Caerás en cuenta que estarás medicado el resto de tu vida y que es una condición que no se cura. El tratamiento y las medicinas son un gasto fuerte. El panorama no se ve agradable. Cuando entiendes que es una condición vitalicia y te percatas del costal que te aventaron encima, te vas a enojar más. Pues, ¿no que nada dura para siempre? Y los efectos secundarios de las medicinas pueden joderte un poco. Puedes subir o bajar de peso o experimentar temblor en las manos, sudoraciones nocturnos, boca seca y alteración de la libido.

Por otro lado, los profesionales en la salud mental te prohíben el consumo de alcohol y drogas. Y te puedo molestar el recibir ese nunca. Pero si somos honestos, muchas malas experiencias vividas con alcohol y drogas era más bien provocadas por la conducta adictiva derivada de la condición que tenemos. Esas experiencias fueron auto-destructivas y en muchas ocasiones, bajo el influjo de esas sustancias actuamos de tal forma en la cual, que al recuperar la sobriedad y cordura, nos sentíamos completamente avergonzados. Vale la pena considerar el consumo de alcohol y drogas. 

Es muy importante que entiendas que realidad es meramente percepción e interpretación; y cuando las medicinas comiencen a surtir efecto, te sentirás completamente ajeno a ti, te verás en el espejo y no te reconocerás, existirá un desprendimiento total y una fragmentación absoluta, pues te encontrarás en un estado completamente desconocido para ti. Estarás estable y controlado, pero te darás cuenta que ese estado para ti es más bien una especie de letargo, te sentirás autómata y te inundará, de pronto, una nostalgia por los momentos en plena manía, cuando nada ni nadie parecían detenerte y este momento es muy peligroso, ya que lo primero que vas a querer hacer es dejar las medicinas. Recordarás con claridad esas etapas en las cuales todo era diversión y libertad, lo que era vivir con esa sensación de felicidad constante, la energía que tenías, lo intenso que era todo, todo era hermoso y maravilloso, sentías que caminabas por las nubes, eras ocurrente, tenías grandes ideas y la compulsión de ejecutarlas, siempre hiperactivo, sólo necesitabas un par de horas de sueño para andar rodando después por el mundo… Sí, yo lo viví también y también lo extrañé… Y con todas las medicinas en la mano a punto de tirarlas por el escusado, de golpe me vino a la mente la imagen de cuando me estaban lavando el estómago en la sala de urgencias de un hospital, con una sonda por la nariz y vomitando sangre por haber intentado quitarme la vida tomando un coctel de pastillas para dormir, antidepresivos, valproato de magnesio y antipsicóticos, con un vaso de vodka…

Sé honesto, la etapa de manía es sumamente traicionera, todo se sale de control, tarde o temprano, se sale de control. Recuerda también esas noches encerrado en tu cuarto, hablando solo, llorando, preso de ansiedad y ataques de pánico, golpeándote la cabeza pensando que estabas perdiendo por completo la razón… Realidad es percepción e interpretación… Esas etapas de manía, por más intensas y hermosas que pudieron ser en su momento más divino, terminaban siempre de manera drástica, con episodios sumamente violentos, llenos de ira y provocando heridas profundas, que sangran y seguirán sangrando por mucho tiempo. Esas etapas finalizaban rompiéndote en mil pedazos y lastimando el corazón de tus seres queridos.

Y comenzaban, sin avisar, entonces, las épocas oscuras, frías, desoladoras… Todo en la vida perdía sentido y lógica. Nada importaba, nada, no quedaban más que un montón de deudas, morales y económicas. Recuerda cómo era imposible levantar la mirada sin que cayeran lágrimas… Recuerda el poco valor que le dabas a la vida, cuánto tiempo perdías metido en tu cama durmiendo, porque no había nada afuera en el mundo que despertara tu interés. Esos días tan vacíos, terriblemente largos y pesados… Todo se desvanecía frente a ti y no hacías nada por detenerlo, no tenías la fuerza necesaria para vivir ni la voluntad para continuar en el mundo y no te importaba, en lo absoluto… De hecho, sentías vértigo por el poco interés que la misma vida te causaba y aunado a las heridas que las etapas de manía dejaban en carne viva, estabas con un pie en el precipicio pensando cuál sería la manera más segura y efectiva para terminar con todo y lo sabes, sé honesto, así sucedieron las cosas…

Algo para pensar unos días antes de regalarte más palabras para comprobarte que, a pesar de ser una condición con un precio muy alto es, en realidad, una genialidad si está bien canalizada y aunque el camino es complejo y tenebroso, vale la pena recorrerlo…

***

 

Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, Pilates enthusiast, and tobacco is my fucking addiction...

2 comentarios en “Carta a un Bipolar – Parte 1”

    1. Gracias por leerme, seguirme y compartirme. Te cuento que esta entrada tiene una segunda parte para que la puedas compartir también y no se queden sin el desenlace 😉 Un abrazo.

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